jueves, 21 de noviembre de 2019

Verso suelto


Verso suelto, para las fiestas del Pilar
Las fiesta del Pilar vuelve todos los años como las borrajas a su tiempo y los nabos en adviento, cumple. Acude a la cita, y la columna es como una fita en el espacio.Si ésta nos reúne aquí en Zaragoza, aquella nos concita y convoca para la fiesta el 12 de octubre. La fiesta del Pilar es el día señalado entre todos los días del año y la columna como la estaca que destaca el centro del mundo que habitamos. Nuestro mundo es en cierto modo redondo; es decir, ordenado en el espacio y en el tiempo.
Para sobrevivir en el Ebro hay que saber nadar, flotar y sacar la cabeza. En tierra firme en cambio es posible con tal de respetar y conservar el orden establecido en su ribera. Lo dicho vale de un mundo tradicional y de un pueblo asentado en sus tradiciones. No en la tradición muerta y enlatada, conservada fuera de la historia. Sino en curso, viva y convivida. Pero no basta para una sociedad abierta que viva y sobreviva desde la libertad y para un pueblo que esté siempre en camino. Las fiestas del Pilar no son para nosotros un evento de no te menees. Ni su plaza un lugar para quedarse. Sino un alto en el camino donde parar y reparar, para recordar de donde venimos y , sobre todo, para saber a donde queremos ir. Una cita que nos emplaza para desplazarnos de nuevo.




miércoles, 20 de noviembre de 2019

Artículo publicado



EL MURO Y LOS PREJUICIOS


A los pocos días de caer el muro de Berlín, pasé por allí con mi esposa y me traje un trozo arrancado de él con la ayuda de un mazo y un cortafríos que alquilaban a los turistas. He perdido a mi esposa mientras tanto, pero conservo vivo su recuerdo. Lo que no encuentro ya , aunque estoy seguro de tenerlo en algún sitio escondido es aquella reliquia del muro. No importa . En este caso lo preocupante no es el olvido. Ni ayuda mucho la memoria de lo que fue para evitar otros muros semejantes que puedan ser todavía. Derribar un muro y abrir una puerta, convertir ésta en arco de triunfo para celebrar el paso de los caminantes no lo es todo. Pero además aquello es ya un símbolo devaluado, un monumento para turistas que están de vuelta de todo lo que hay que ver. En este mundo en el que el dinero no tiene fronteras y la información apenas, en el que uno va donde quiere sin que nada lo impida, lo que obstaculiza la convivencia pacífica ya no son aquellos muros. Sino otros invisibles : los prejuicios de la mente y los motivos del corazón que la razón no comprende. Son las prevenciones de entrada contra los otros que no son obviamente como nosotros. Es la hostilidad incompatible con la hospitalidad. Una mente despejada sin prejuicios y un corazón abierto serían la gracia y la gloria para todos y todas. Destruido el muro tendríamos así un arco de triunfo espiritual para celebrar el paso, realzar el camino, concitar a los compañeros y seguir en buena compañía.

Los humanos tenemos siempre los oídos abiertos, y los ojos que cerramos sólo para dormir salvo raras excepciones. Pero no es lo mismo oír que escuchar, ni ver que mirar. No podemos evitar oír lo que no queremos escuchar, ni ver lo que no queremos mirar. Pero podemos oír como quien oye llover, y ver sin mirar. Y es lo que hacemos normalmente cuando nos conviene o eso parece. Prevenidos y escarmentados, nos protegemos y defendemos de las impertinencias y de los impertinentes con los prejuicios.

Vivimos en un mundo en el que los prejuicios de acá y de allá, de unos y otros, hacen imposible la convivencia y la paz entre todos nosotros. Somos diferentes, pero lo malo no es eso sino que las diferencias sean incompatibles. Que sean muy suyas; es decir, muy nuestras en cada caso y solo por eso incuestionables. No abiertas ni complementarias, sino cerradas sin duda alguna. Como una afirmación que se repite o , mejor, que no cambia ni discurre: como el tronco que lleva el río, siempre el mismo -idéntico- y no como el río que cambia el curso hasta llegar al mar. Como una afirmación consolidada, bala embalada o piedra de tropezar en el camino. Esa firmeza fatal, ese fanatismo, es fe en la fe sin duda alguna. Y por tanto la corrupción de la fe en Dios, que no comprendemos, y por supuesto en los hombres en quienes no confiamos. Entre el que no cree absolutamente en nada y el que cree absolutamente en su fe, no hay diferencia cualitativa. Ninguno de los dos cree en Dios, ni en las personas. No se fía ni confía. Por eso necesita creer sin escuchar. Y para eso le basta y sobra cualquier fe.
En un mundo de fanáticos la paz y la convivencia entre todos es imposible. Lo malo de un mundo tan poblado y de un espacio limitado en el que todos y todo se mueve a gran velocidad, es entonces que las fricciones y los conflictos aumentan sin remedio. Ya no hay tierra suficiente para separar a tanto enemigo. Los prejuicios individuales o compartidos: las identidades fanáticas y las ideologías partidistas se afirman obstinadamente contra los otros. Sin que el diálogo sea posible, ni evitables el grito y la barbarie.
Esta prevención contra los otros y la desconfianza con los extraños, este sistema defensivo o esa defensa por sistema, nos encierra y yuxtapone los unos a los otros como objetos. Pasamos de los otros sin parar ni reparar en ellos y vamos por el mundo con la casa encima pero mucho más deprisa que los caracoles. En modo alguno abiertos, sino encerrados por cercos y muros invisibles. Cayó el muro de Berlín. Pero cuando caen los muros y las fronteras, lejos de reunirnos en la plaza o desplazarnos juntos compartiendo el camino y la vianda - no menos que la vida y la palabra - , vemos que no nos vemos o miramos y por supuesto -si oímos aún- lo que no hacemos es escucharnos los unos a los otros.
Así no vamos a un mundo mejor. Nos movemos, eso sí. Y al movernos sin encontrarnos -sin mediar palabra- aumentan los accidentes de tráfico. La alternativa no es suprimir las diferencias, sino tenerlas en cuenta haciendo que los contrarios sean complementarios. La tolerancia bien entendida es eso, y el diálogo lo mismo. Todo se puede compartir sin duda alguna entre caminantes que buscan lo mejor para todos. Todo hasta llegar a la casa común. Lo que no se puede es es caminar y quedarse cada quien en la suya o con los suyos; es decir, en su agujero. Que en eso queda, sin dar un paso, el que pasa de los otros. No se abre.

José Bada
14-11-2019

martes, 19 de noviembre de 2019

Mujer pública


Un hombre público es un político y , preferentemente, con autoridad o en ejercicio de un cargo en el gobierno. Una mujer pública,en cambio, hablando mal para que todos me entiendan es una puta. O dicho en latín sin recortes: “pro populo statuta”, de donde la abreviatura pro populo statuta.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Bien común


EL BIEN COMÚN

Son exactamente las cuatro y seis minutos de la mañana cuando esto escribo hoy, tres de septiembre del año en curso. Estoy despierto, he tenido un sueño y no puedo dormir. Es una utopía, no ha sucedido aún en ninguna parte que yo sepa. !Aunque vete a saber! Lo que nunca ha pasado según se dice, puede acontecer el día menos pensado en algún lugar. Jesús de Nazaret nació en Belén,¡quien lo iba a decir! Lo dice el Evangelio, la Buena Noticia para los creyentes.

El caso es que ahora mismo estoy despierto. Hace unos minutos, a las cuatro en punto, cuando aún estaba en la cama he oído en sueños que otros cantaban en la calle una canción extraña. “Todo se puede todavía”, eso me pareció escuchar. Y yo me he levantado -eso es cierto- de un salto para poner por escrito la ocurrencia: “Vaya, vaya, ocho que cantan y ocho que aún ven”. Escrito lo cual, vuelvo a mi habitación aunque me temo que ya no pueda dormir.
He dormido no obstante y a las ocho y media -mal-dormido- sigo con el tema resonando en mis oídos la misma canción. Hay sueños de la noche que tenemos mientras dormimos profundamente y otros que nos despiertan y no nos dejan dormir. Los de la noche pasan y eso es todo, y los otros que nos despiertan para vivir no nos dejan dormir. Esos , los del día, nos dicen lo que puede ser todavía. Si queremos y lo vemos, claro. Se refieren a los hechos que hacen historia, no a los “eventos” que no te puedes perder sino a los hechos que debemos hacer. No a lo que hace -por supuesto, naturalmente- la naturaleza que cumple a su tiempo como dice el refrán: “...y los nabos en dviento”.
Vivir desde la libertad y para la libertad responsable es la vida humana, que la otra es el capricho o la libertad de las cabras que van a su bola o a su pienso. Vivir desde la libertad humana es vivir para los otros y con los otros, entre los otros y entrelazados -solidarios- en el mundo que hacemos día a día apenas despertamos y abrimos los ojos.

La historia buena o mala la hacemos los hombres, echar la culpa al diablo cuando es mala no tiene sentido. Y dar gracias a Dios porque es buena es olvidar que Dios, si la hace es porque también se hace hombre para hacerla con nosotros y para nosotros. Eso es lo que creen los cristianos. Los que siguen al Cristo, a quien dijo que Dios, su Padre, le había abandonado. En cualquier caso la historia es humana o no lo es en absoluto. Y para hacerla es menester ver con los ojos abiertos y los pies en tierra. O mejor, con un pie en tierra y otro en el aire. Que si bien todo es posible todavía, nunca se sabe a ciencia cierta lo que será. El sentido del camino se presiente acaso y se adivina al caminar, al hacer el camino hacia delante sin estar plantado o a verlas venir. O en un presente sin pasado ni futuro, en la “eternidad efímera” que dice M.Castells.
Ver con buenos ojos es celebrar que todo es posible todavía. Actuar desde la libertad con determinación es realizar lo que es posible. Actuar responsablemente: ante los otros y para todos los otros, a corazón abierto y mano tendida es hacer lo mejor que se puede hacer. Es realizar el mejor de los sueños, la utopía que no es aún en ningún lugar: el bien común, que no es lo que todos desean pero cada uno sólo para sí. Sino el bien común que no es y puede ser todavía para todos. Que así sea.










Familiaridad


FAMILIARIDAD

Tengo muchos años, soy un viejo viudo y no he tenido hijos. No puedo decir - sería injusto- que el diablo me ha dado sobrinos como asegura el refrán. Pero conozco a más de uno en mi situción que sí los tiene, no digo ya sobrinos sino hijos e hijas que pasan de sus padres por desgracia y los van dejando caer en el agujero de una soledad sin puertas ni ventanas que es un infierno y nada tiene que ver con el descanso eterno merecido después de criar a sus nietos.
Muchos son los que tenemos la impresión de que los vínculos sociales en esta sociedad - y , por tanto, los familiares- se relajan y se rompen incluso a la par que nos enredamos como nudos cerrados o meros contactos virtualmente. Los fastos y nefastos de la familia,aniversarios y cumpleaños incluidos, ocasión antaño para reunirse chicos y grandes de todas las edades ya no compiten con los eventos de no te lo pierdas y cada cual va a su bola con los suyos que son los otros y ninguno de nosotros o de la misma familia. Como si la opinión de algunos que dice el refrán: “parientes y trastos viejos pocos y lejos”, fuera ya la consigna. Y lo mejor para cualquiera- lejos de ser una maldición- desearle al compañero de antes - familiares incluidos- que“con su pan se lo coma”.

La familiaridad, la convivencia, la confianza y la ayuda mutua entre todos los miembros de la gran familia, ancianos y niños, jóvenes y adultos, la nuera incluida y hasta los vecinos y amigos de nuestros amigos, ha dejado de ser lo que era y apenas son conocidos o contactos los que fueron antes naturalmente familiares. Y así no vamos a ninguna parte: no a casa, no como seres humanos. No hacia un nosotros cada vez más amplio sin excluir a nadie en el que quepamos todos y todas.

La familiaridad y buena compañía es por sí misma la excelencia de la vida , una pasada. Hace unos días estaba sentado en mi huerto después de darme un baño en la piscina, leyendo un libro debajo de la higuera, con los pies en tierra donde crecía la hierba como los árboles en silencio. Cantaban los pájaros, supongo, aunque no lo recuerdo pero seguro como lo es que entonces lucía el sol a mediodía. “Ser y tiempo” era el libro. Y fue entonces cuando sentí cosquillas en mi pierna derecha, cerré el libro, abrí los ojos en realidad de verdad y apareció ésta de cuerpo presente con una flor en la mano o espiga – puede que fuera una espiga, pues me picaba- que me decía: “Yayo,yayo, mira”. Era Estrella, que ese es su nombre. Y con ella, con su palabra, dejé en silencio a Heidegger y me puse a hablar con mi sobrina biznieta y a mirar lo que me enseñaba.

Fue una experiencia inolvidable. El colmo y la gracia que rebasa la experiencia de un viejo. Algo que deseo compartir con todos mis amigos y mis lectores, un saber que sabe mejor que todo lo que sé y que ofrezco a todos para que aprueben y prueben lo mismo en su vida. Que no ha de faltarles ocasión , que niños y niñas los hay para los viejos y viejas con tal de que sepan serlo y comportarse como yayos y yayas sin espantar a las criaturas como si fueran moscas.

Hace tiempo, dos o tres años, estando sentado en el parque que tengo cerca de casa haciendo la bicicleta, se me acercó una mocosa de unos cuatro años que quería hacer lo mismo y me preguntó -¡oye! - si yo no iba a la escuela. Y sin esperar respuesta me dijo jubilosa: “¡Yo hoy no voy a la escuela!”, que era por supuesto lo que quería decir a un viejo para que se enterara todo el mundo.
La familiaridad espontánea de los más pequeños, de los niños y las niñas inocentes, es un tesoro y un regalo para los viejos. En ese encuentro de los extremos anida hoy el futuro de toda la humanidad.

José Bada
20-8-2019














sábado, 17 de agosto de 2019

Mera información


PALABRA VIVA

Son muchos los que celebran que toda la información deseada esté en la nube al alcance de cualquiera con sólo una pregunta a Siri o un clic después de pedir respuesta por escrito a quien corresponda . Me refiero a todos los temas cuya información se ha depositado antes -por supuesto, en letra muerta -en archivos y bibliotecas, esperando que alguien la resucite para su provecho ya sea acercándose a la vieja usanza al cementerio donde reposa o -lo más probable- sin dar un solo paso: virtualmente, accediendo a ella que anda por ahí perdida y desprendida en la red o por las nubes.
Pero una cosa son los temas sobre los que se habla y la información general que precisa la gente y otro los problemas que tenemos las personas con los pies en tierra en situaciones dadas. Y otra los contactos que tampoco son como los compañeros con quienes se comparte el pan y la palabra en el mundo de la vida, donde estamos y nos encontramos: existimos realmente, y nos encontramos virtuosamente si queremos y nos queremos. Sin andar por ahí enredados y enredando,
entretenidos muchas veces, comprometidos menos y existiendo apenas realmente como personas. Más informados que formados como personas humanas.

Rodeado de libros en mi despacho me pregunto para qué los quiero y qué va a ser de ellos en el futuro. ¿Irán a parar a la fosa común como los cuerpos que se pudren, una vez salvada la información que contienen como el alma que va a los cielos? Pero el problema no es ese salvo para los libreros. No para mí, que todavía los leo y no los vendo. Y hasta escribo y publico alguno, que vender es otra cosa.
El problema humano que nos afecta a todos es otro. Yo le llamaría la pérdida de la palabra cabal, que es el diálogo y la conversación. Porque las personas nos entendemos hablando, nos atendemos y nos encontramos: nos realizamos como personas entre nosotros y con nosotros. En presencia, y sin remedos. No enredando y enredados, conectados y encerrados como nudos. Sino abiertos y abrazados, cogiendo la mano que se ofrece y el cuerpo que se entrega. Como la palabra que se oye sin cera o tapones en los oídos y se escucha sin perjuicios en la mente. Que no se traga ni consume, que discurre entre nosotros como el hilo que nos cose. Que va y viene entre dos bandas, en zigzag La palabra viva no es un medio para hacer algo, un instrumento, es el medio en el que nos hacemos y vivimos. Su pérdida nos aburre y embrutece. Nos sitúa no ya entre los animales sino por debajo de ellos. Somos burros por nuestra culpa. Nada que ver con Platero, que era inocente como todos saben.

Y ese problema, la palabra relegada, no puede quedar en tema. No desde luego en un tema más para un artículo como tantos otros y peor que otros -sin lugar a duda- que puedes encontrar en la nube sobre el mismo asunto. No está escrito éste para dar que hablar sobre algo. No ha sido esa mi intención, aunque en eso puede quedar si tu mismo no lo piensas y otros como tú no se deciden a asumirlo como problema y a resolverlo en su mundo con los suyos, en el mundo de su vida, fomentando el encuentro por la palabra y en la palabra. Que eso es - hablando mal - una pasada: la ¡hostia! - y hablando bien o para entendernos mejor: como la primera comunión.

Pero lamentablemente la sociedad de la información ha relegado lo que sigue siendo el futuro de la humanidad: la comunicación viva, artesana y ecológica -de cercanía-la conversación y convivencia con los vecinos, y ha optado por la información virtual de todos y para todos los individuos que la consumen. Y eso es una maldición que suena como aquella que dice: ¡Con su pan se lo coma! Que es lo que merece el que pasa de los demás y va a lo suyo encerrado como un caracol y proyectado como una bala perdida.
Daría por bien empleado mi tiempo, si el tuyo fuera lo que deseo para todos mis lectores. Un pretexto para compartir algo más que una opinión con tus compañeros. No un simple comentario. Sino un diálogo, una conversación entre vosotros. Un pretexto para vuestra palabra y vuestra vida. Aunque seguramente -sin duda alguna- tendréis otros problemas más importantes de que ocuparos y algunos temas para entreteneros mejor este verano.

José Bada
8-9-2019





miércoles, 31 de julio de 2019

NO SEAMOS "IDIOTAS"




EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA 
 

Acaba de cumplir noventa años cuando esto escribo a orillas del Ebro, en Zaragoza, llegado a casa del huerto para hacerlo aquí lo mejor que sepa y él sin duda merece. Nació en Düsseldorf, el 18 de junio del año 1929. Comparto algunos recuerdos, la edad, maestros y esperanzas en curso. Y tengo sobre la mesa su obra preferida o más conocida, al menos, en traducción castellana: Teoría de la acción comunicativa, editada en dos volúmenes por Taurus Ediones S.A. en1987.No dudo en absoluto que muchos de mis lectores saben ya a quien me refiero, pero nunca está de sobras mencionar su nombre. Estoy hablando de Jürgen Habermas, colaborador de Adorno en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt y principal representante de la segunda generación de la llamada Teoría Crítica en Alemania.


Es sin duda uno de los pensadores que ha contribuido más a fundamentar racionalmente la democracia, mostrando las condiciones que hacen posible la acción comunicativa orientada al entendimiento en ese campo y en general en cualquier otro mediante el diálogo. Porque los hombres se entienden hablando si quieren y , si no, se muerden hasta matarse como animales. Peor aún, como sólo pueden hacerlo los humanos abusando de la razón instrumental. Sea ésta la ciencia pura y dura con la que dominamos la naturaleza, la mentira “eficaz” que corrompe la palabra y la convivencia humana o la estrategia que hace la guerra y no el amor. De modo que la boca que sirve para comer y compartir el pan y la palabra - para besar incluso- asociada a las manos sólo sabe hacer ya cosas y deshacerlas según le peta que viene a ser lo mismo.
La acción comunicativa orientada al entendimiento no ha lugar fuera del mundo de la vida ni es éste en su totalidad objeto puesto en cuestión. No es sobre ese mundo sobre el que se habla en la acción comunicativa sino sólo en ese mundo sobre aquello que emerge como problema para los participantes que lo habitan. Nadie puede salir del mundo en el que vive y seguir viviendo, es como el río en que nos mojamos y nadamos. Pero entonces, cuando llega el caso, se saca la cabeza para seguir flotando sin salir del agua. Es entonces y en ese mundo - en el nuestro- donde tenemos que entendernos hablando como personas si no queremos ahogarnos como animales irracionales.

Las condiciones de posibilidad de la acción comunicativa son todas y sólo las necesarias para llegar a un entendimiento entre personas responsables que se respeten. Por supuesto la libertad de pensamiento y de expresión, la obligación de escuchar a todos, el uso correcto de la lengua y el lenguaje, la argumentación razonada y razonable. La atención debida. Todo lo que, por desgracia, se lleva menos en el mercado donde solo se vende o se va de compra. También en el mercado político, donde los políticos ofrecen lo que desean sus clientes a cambio del voto. Y éstos, a cara tapada, piensan en lo suyo cuando les dan el voto. El resultado no es el gobierno del pueblo por el pueblo, sino el gobierno de los gobernantes elegidos por su clientela. Por una mayoría, que sin duda hay que acatar, sin que esto la haga razonable. Los demócratas acatan la mayoría, por supuesto; pero la mayoría de los ciudadanos va a lo suyo y los políticos también. Pero sin demócratas no hay democracia, lo mismo que no hay iglesia si no hay fieles. Ni pueblo sin bien común, o cosa pública: la república.
Con los años se ha consolidado en España un régimen democrático que lo es como cualquier otro. Y por desgracia con unos ciudadanos que también apenas o peor educados como demócratas que en otras naciones europeas. Eso es lo que se echa en falta. No electores, sino demócratas practicantes. Es esa carencia - lo que queda del franquismo como peor herencia- lo que debería preocuparnos. Hay una fanatismo sordo en ambos extremos y una indiferencia pasota que nada tiene que ver con la tolerancia. Una incapacidad para el diálogo y la acción comunicativa. Y un sistema escolar que escolariza, pero no educa. Que prepara apenas para encontrar trabajo, sin formar a los ciudadanos como si no lo fueran. Como si no tuvieran el deber y el derecho de participar en la política que nos concierne y compromete a todos.

Los atenienses llamaban “idiotas “ a cuantos ciudadanos no participaban en la política y se dedicaban sólo a su negocio. El tener un título y un máster o dos, no capacita a los ciudadanos para hacer la política que España necesita. Y en eso se quedan los jóvenes, sin trabajo muchos y demasiados “idiotas” que pasan de los partidos. Si descontamos una escasa minoría que hacen de ella una profesión, eso es todo. Apenas nada. Y lo poco que hay , la profesión, puede que sea lo peor de todo.

José Bada
20-6-2019