miércoles, 18 de septiembre de 2019

Bien común


EL BIEN COMÚN

Son exactamente las cuatro y seis minutos de la mañana cuando esto escribo hoy, tres de septiembre del año en curso. Estoy despierto, he tenido un sueño y no puedo dormir. Es una utopía, no ha sucedido aún en ninguna parte que yo sepa. !Aunque vete a saber! Lo que nunca ha pasado según se dice, puede acontecer el día menos pensado en algún lugar. Jesús de Nazaret nació en Belén,¡quien lo iba a decir! Lo dice el Evangelio, la Buena Noticia para los creyentes.

El caso es que ahora mismo estoy despierto. Hace unos minutos, a las cuatro en punto, cuando aún estaba en la cama he oído en sueños que otros cantaban en la calle una canción extraña. “Todo se puede todavía”, eso me pareció escuchar. Y yo me he levantado -eso es cierto- de un salto para poner por escrito la ocurrencia: “Vaya, vaya, ocho que cantan y ocho que aún ven”. Escrito lo cual, vuelvo a mi habitación aunque me temo que ya no pueda dormir.
He dormido no obstante y a las ocho y media -mal-dormido- sigo con el tema resonando en mis oídos la misma canción. Hay sueños de la noche que tenemos mientras dormimos profundamente y otros que nos despiertan y no nos dejan dormir. Los de la noche pasan y eso es todo, y los otros que nos despiertan para vivir no nos dejan dormir. Esos , los del día, nos dicen lo que puede ser todavía. Si queremos y lo vemos, claro. Se refieren a los hechos que hacen historia, no a los “eventos” que no te puedes perder sino a los hechos que debemos hacer. No a lo que hace -por supuesto, naturalmente- la naturaleza que cumple a su tiempo como dice el refrán: “...y los nabos en dviento”.
Vivir desde la libertad y para la libertad responsable es la vida humana, que la otra es el capricho o la libertad de las cabras que van a su bola o a su pienso. Vivir desde la libertad humana es vivir para los otros y con los otros, entre los otros y entrelazados -solidarios- en el mundo que hacemos día a día apenas despertamos y abrimos los ojos.

La historia buena o mala la hacemos los hombres, echar la culpa al diablo cuando es mala no tiene sentido. Y dar gracias a Dios porque es buena es olvidar que Dios, si la hace es porque también se hace hombre para hacerla con nosotros y para nosotros. Eso es lo que creen los cristianos. Los que siguen al Cristo, a quien dijo que Dios, su Padre, le había abandonado. En cualquier caso la historia es humana o no lo es en absoluto. Y para hacerla es menester ver con los ojos abiertos y los pies en tierra. O mejor, con un pie en tierra y otro en el aire. Que si bien todo es posible todavía, nunca se sabe a ciencia cierta lo que será. El sentido del camino se presiente acaso y se adivina al caminar, al hacer el camino hacia delante sin estar plantado o a verlas venir. O en un presente sin pasado ni futuro, en la “eternidad efímera” que dice M.Castells.
Ver con buenos ojos es celebrar que todo es posible todavía. Actuar desde la libertad con determinación es realizar lo que es posible. Actuar responsablemente: ante los otros y para todos los otros, a corazón abierto y mano tendida es hacer lo mejor que se puede hacer. Es realizar el mejor de los sueños, la utopía que no es aún en ningún lugar: el bien común, que no es lo que todos desean pero cada uno sólo para sí. Sino el bien común que no es y puede ser todavía para todos. Que así sea.










Familiaridad


FAMILIARIDAD

Tengo muchos años, soy un viejo viudo y no he tenido hijos. No puedo decir - sería injusto- que el diablo me ha dado sobrinos como asegura el refrán. Pero conozco a más de uno en mi situción que sí los tiene, no digo ya sobrinos sino hijos e hijas que pasan de sus padres por desgracia y los van dejando caer en el agujero de una soledad sin puertas ni ventanas que es un infierno y nada tiene que ver con el descanso eterno merecido después de criar a sus nietos.
Muchos son los que tenemos la impresión de que los vínculos sociales en esta sociedad - y , por tanto, los familiares- se relajan y se rompen incluso a la par que nos enredamos como nudos cerrados o meros contactos virtualmente. Los fastos y nefastos de la familia,aniversarios y cumpleaños incluidos, ocasión antaño para reunirse chicos y grandes de todas las edades ya no compiten con los eventos de no te lo pierdas y cada cual va a su bola con los suyos que son los otros y ninguno de nosotros o de la misma familia. Como si la opinión de algunos que dice el refrán: “parientes y trastos viejos pocos y lejos”, fuera ya la consigna. Y lo mejor para cualquiera- lejos de ser una maldición- desearle al compañero de antes - familiares incluidos- que“con su pan se lo coma”.

La familiaridad, la convivencia, la confianza y la ayuda mutua entre todos los miembros de la gran familia, ancianos y niños, jóvenes y adultos, la nuera incluida y hasta los vecinos y amigos de nuestros amigos, ha dejado de ser lo que era y apenas son conocidos o contactos los que fueron antes naturalmente familiares. Y así no vamos a ninguna parte: no a casa, no como seres humanos. No hacia un nosotros cada vez más amplio sin excluir a nadie en el que quepamos todos y todas.

La familiaridad y buena compañía es por sí misma la excelencia de la vida , una pasada. Hace unos días estaba sentado en mi huerto después de darme un baño en la piscina, leyendo un libro debajo de la higuera, con los pies en tierra donde crecía la hierba como los árboles en silencio. Cantaban los pájaros, supongo, aunque no lo recuerdo pero seguro como lo es que entonces lucía el sol a mediodía. “Ser y tiempo” era el libro. Y fue entonces cuando sentí cosquillas en mi pierna derecha, cerré el libro, abrí los ojos en realidad de verdad y apareció ésta de cuerpo presente con una flor en la mano o espiga – puede que fuera una espiga, pues me picaba- que me decía: “Yayo,yayo, mira”. Era Estrella, que ese es su nombre. Y con ella, con su palabra, dejé en silencio a Heidegger y me puse a hablar con mi sobrina biznieta y a mirar lo que me enseñaba.

Fue una experiencia inolvidable. El colmo y la gracia que rebasa la experiencia de un viejo. Algo que deseo compartir con todos mis amigos y mis lectores, un saber que sabe mejor que todo lo que sé y que ofrezco a todos para que aprueben y prueben lo mismo en su vida. Que no ha de faltarles ocasión , que niños y niñas los hay para los viejos y viejas con tal de que sepan serlo y comportarse como yayos y yayas sin espantar a las criaturas como si fueran moscas.

Hace tiempo, dos o tres años, estando sentado en el parque que tengo cerca de casa haciendo la bicicleta, se me acercó una mocosa de unos cuatro años que quería hacer lo mismo y me preguntó -¡oye! - si yo no iba a la escuela. Y sin esperar respuesta me dijo jubilosa: “¡Yo hoy no voy a la escuela!”, que era por supuesto lo que quería decir a un viejo para que se enterara todo el mundo.
La familiaridad espontánea de los más pequeños, de los niños y las niñas inocentes, es un tesoro y un regalo para los viejos. En ese encuentro de los extremos anida hoy el futuro de toda la humanidad.

José Bada
20-8-2019














sábado, 17 de agosto de 2019

Mera información


PALABRA VIVA

Son muchos los que celebran que toda la información deseada esté en la nube al alcance de cualquiera con sólo una pregunta a Siri o un clic después de pedir respuesta por escrito a quien corresponda . Me refiero a todos los temas cuya información se ha depositado antes -por supuesto, en letra muerta -en archivos y bibliotecas, esperando que alguien la resucite para su provecho ya sea acercándose a la vieja usanza al cementerio donde reposa o -lo más probable- sin dar un solo paso: virtualmente, accediendo a ella que anda por ahí perdida y desprendida en la red o por las nubes.
Pero una cosa son los temas sobre los que se habla y la información general que precisa la gente y otro los problemas que tenemos las personas con los pies en tierra en situaciones dadas. Y otra los contactos que tampoco son como los compañeros con quienes se comparte el pan y la palabra en el mundo de la vida, donde estamos y nos encontramos: existimos realmente, y nos encontramos virtuosamente si queremos y nos queremos. Sin andar por ahí enredados y enredando,
entretenidos muchas veces, comprometidos menos y existiendo apenas realmente como personas. Más informados que formados como personas humanas.

Rodeado de libros en mi despacho me pregunto para qué los quiero y qué va a ser de ellos en el futuro. ¿Irán a parar a la fosa común como los cuerpos que se pudren, una vez salvada la información que contienen como el alma que va a los cielos? Pero el problema no es ese salvo para los libreros. No para mí, que todavía los leo y no los vendo. Y hasta escribo y publico alguno, que vender es otra cosa.
El problema humano que nos afecta a todos es otro. Yo le llamaría la pérdida de la palabra cabal, que es el diálogo y la conversación. Porque las personas nos entendemos hablando, nos atendemos y nos encontramos: nos realizamos como personas entre nosotros y con nosotros. En presencia, y sin remedos. No enredando y enredados, conectados y encerrados como nudos. Sino abiertos y abrazados, cogiendo la mano que se ofrece y el cuerpo que se entrega. Como la palabra que se oye sin cera o tapones en los oídos y se escucha sin perjuicios en la mente. Que no se traga ni consume, que discurre entre nosotros como el hilo que nos cose. Que va y viene entre dos bandas, en zigzag La palabra viva no es un medio para hacer algo, un instrumento, es el medio en el que nos hacemos y vivimos. Su pérdida nos aburre y embrutece. Nos sitúa no ya entre los animales sino por debajo de ellos. Somos burros por nuestra culpa. Nada que ver con Platero, que era inocente como todos saben.

Y ese problema, la palabra relegada, no puede quedar en tema. No desde luego en un tema más para un artículo como tantos otros y peor que otros -sin lugar a duda- que puedes encontrar en la nube sobre el mismo asunto. No está escrito éste para dar que hablar sobre algo. No ha sido esa mi intención, aunque en eso puede quedar si tu mismo no lo piensas y otros como tú no se deciden a asumirlo como problema y a resolverlo en su mundo con los suyos, en el mundo de su vida, fomentando el encuentro por la palabra y en la palabra. Que eso es - hablando mal - una pasada: la ¡hostia! - y hablando bien o para entendernos mejor: como la primera comunión.

Pero lamentablemente la sociedad de la información ha relegado lo que sigue siendo el futuro de la humanidad: la comunicación viva, artesana y ecológica -de cercanía-la conversación y convivencia con los vecinos, y ha optado por la información virtual de todos y para todos los individuos que la consumen. Y eso es una maldición que suena como aquella que dice: ¡Con su pan se lo coma! Que es lo que merece el que pasa de los demás y va a lo suyo encerrado como un caracol y proyectado como una bala perdida.
Daría por bien empleado mi tiempo, si el tuyo fuera lo que deseo para todos mis lectores. Un pretexto para compartir algo más que una opinión con tus compañeros. No un simple comentario. Sino un diálogo, una conversación entre vosotros. Un pretexto para vuestra palabra y vuestra vida. Aunque seguramente -sin duda alguna- tendréis otros problemas más importantes de que ocuparos y algunos temas para entreteneros mejor este verano.

José Bada
8-9-2019





miércoles, 31 de julio de 2019

NO SEAMOS "IDIOTAS"




EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA 
 

Acaba de cumplir noventa años cuando esto escribo a orillas del Ebro, en Zaragoza, llegado a casa del huerto para hacerlo aquí lo mejor que sepa y él sin duda merece. Nació en Düsseldorf, el 18 de junio del año 1929. Comparto algunos recuerdos, la edad, maestros y esperanzas en curso. Y tengo sobre la mesa su obra preferida o más conocida, al menos, en traducción castellana: Teoría de la acción comunicativa, editada en dos volúmenes por Taurus Ediones S.A. en1987.No dudo en absoluto que muchos de mis lectores saben ya a quien me refiero, pero nunca está de sobras mencionar su nombre. Estoy hablando de Jürgen Habermas, colaborador de Adorno en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt y principal representante de la segunda generación de la llamada Teoría Crítica en Alemania.


Es sin duda uno de los pensadores que ha contribuido más a fundamentar racionalmente la democracia, mostrando las condiciones que hacen posible la acción comunicativa orientada al entendimiento en ese campo y en general en cualquier otro mediante el diálogo. Porque los hombres se entienden hablando si quieren y , si no, se muerden hasta matarse como animales. Peor aún, como sólo pueden hacerlo los humanos abusando de la razón instrumental. Sea ésta la ciencia pura y dura con la que dominamos la naturaleza, la mentira “eficaz” que corrompe la palabra y la convivencia humana o la estrategia que hace la guerra y no el amor. De modo que la boca que sirve para comer y compartir el pan y la palabra - para besar incluso- asociada a las manos sólo sabe hacer ya cosas y deshacerlas según le peta que viene a ser lo mismo.
La acción comunicativa orientada al entendimiento no ha lugar fuera del mundo de la vida ni es éste en su totalidad objeto puesto en cuestión. No es sobre ese mundo sobre el que se habla en la acción comunicativa sino sólo en ese mundo sobre aquello que emerge como problema para los participantes que lo habitan. Nadie puede salir del mundo en el que vive y seguir viviendo, es como el río en que nos mojamos y nadamos. Pero entonces, cuando llega el caso, se saca la cabeza para seguir flotando sin salir del agua. Es entonces y en ese mundo - en el nuestro- donde tenemos que entendernos hablando como personas si no queremos ahogarnos como animales irracionales.

Las condiciones de posibilidad de la acción comunicativa son todas y sólo las necesarias para llegar a un entendimiento entre personas responsables que se respeten. Por supuesto la libertad de pensamiento y de expresión, la obligación de escuchar a todos, el uso correcto de la lengua y el lenguaje, la argumentación razonada y razonable. La atención debida. Todo lo que, por desgracia, se lleva menos en el mercado donde solo se vende o se va de compra. También en el mercado político, donde los políticos ofrecen lo que desean sus clientes a cambio del voto. Y éstos, a cara tapada, piensan en lo suyo cuando les dan el voto. El resultado no es el gobierno del pueblo por el pueblo, sino el gobierno de los gobernantes elegidos por su clientela. Por una mayoría, que sin duda hay que acatar, sin que esto la haga razonable. Los demócratas acatan la mayoría, por supuesto; pero la mayoría de los ciudadanos va a lo suyo y los políticos también. Pero sin demócratas no hay democracia, lo mismo que no hay iglesia si no hay fieles. Ni pueblo sin bien común, o cosa pública: la república.
Con los años se ha consolidado en España un régimen democrático que lo es como cualquier otro. Y por desgracia con unos ciudadanos que también apenas o peor educados como demócratas que en otras naciones europeas. Eso es lo que se echa en falta. No electores, sino demócratas practicantes. Es esa carencia - lo que queda del franquismo como peor herencia- lo que debería preocuparnos. Hay una fanatismo sordo en ambos extremos y una indiferencia pasota que nada tiene que ver con la tolerancia. Una incapacidad para el diálogo y la acción comunicativa. Y un sistema escolar que escolariza, pero no educa. Que prepara apenas para encontrar trabajo, sin formar a los ciudadanos como si no lo fueran. Como si no tuvieran el deber y el derecho de participar en la política que nos concierne y compromete a todos.

Los atenienses llamaban “idiotas “ a cuantos ciudadanos no participaban en la política y se dedicaban sólo a su negocio. El tener un título y un máster o dos, no capacita a los ciudadanos para hacer la política que España necesita. Y en eso se quedan los jóvenes, sin trabajo muchos y demasiados “idiotas” que pasan de los partidos. Si descontamos una escasa minoría que hacen de ella una profesión, eso es todo. Apenas nada. Y lo poco que hay , la profesión, puede que sea lo peor de todo.

José Bada
20-6-2019















SIN CERA Y FRANCAMENTE


SALVAR LAS DIFERENCIAS

A cualquiera que no tenga cera en los oídos o tapones que no le dejen oír ni prejuicios en la mente que le impidan escuchar, uno que no tenga pelos en la lengua para poder hablar puede decirle sincera y francamente en cualquier situación que las personas se entienden hablando e invitarle al diálogo para resolver un conflicto que haya surgido por lo que sea entre ambos por cualquier motivo. Una persona no es en absoluto como una cosa ahí muda y encerrada: una “res cogitans” que dijo el filósofo, ni tan siquiera una oveja cojita -lisiada o no- que bala pero no habla: un borrego, vamos. Sino un animal racional que piensa, come normalmente con su boca como los animales sin tragarse las palabras -que se escuchan- y dice lo que piensa y a veces lo que menos se piensa sin pensarlo dos veces. Por eso no se aburren, porque no comen pienso ni aburren a los demás si piensan bien lo que dicen.

Pues bien, estoy convencido -oye- de que nosotros podemos y debemos entendernos todos hablando los unos con los otros sin gritar ni mordernos como bestias. Y es por eso que lamento que el grito, la amenaza o el reclamo ahuyenten la competencia leal, crispen la conversación y nos lleven a la polémica desagradable en una sociedad donde se hacen valer como en la plaza del mercado los bulos y las bolas de cada quien. Donde se esgrime la palabra en la vida pública como un arma y se hace de la política y de los políticos - ciudadanos todos, representantes y representados incluidos- individuos que van a votar como fieles no practicantes que van a misa. Sin advertir que no hay democracia real sin demócratas, ni demócratas sin un pueblo que crea en el bien común. Que no es el bien de cada cual o de todos juntos como el pienso de los cerdos en una granja - que gruñen a la vez, sólo eso- sino como el pan que se comparte entre compañeros. Que eso es una pasada, como el amor libre y la convivencia solidaria; vamos, ¡la hostia! O la comunión, que suena mejor y sabe igual de bien. Dígase lo que se diga, el bien común no es una suma. Ni es la mayoría de los electores satisfechos quien lo representa, que esa es la clientela y lo que consumen una mercancía.

La libertad, la convivencia, la palabra y el pan que da la vida y que se se comparte, el camino que llevamos las personas y la vianda: el nosotros cada vez más amplio y sin exclusiones, la deferencia entre las personas libres y responsables, la dignidad de cada quién se salva si salvamos para todos las diferencias. El otro, lejos de ser un obstáculo, es un atajo para llegar al enteramente Orto si lo hay para todos nosotros: a la casa común. El problema -el escándalo- es entonces el fanatismo que corrompe la fe y la convierte en mera fe. En fe en la fe y, por tanto, en cualquier fe. En una fe sin duda alguna, ni Misterio o Dios que la sustente. Ni Verdad que se busque. Los fanáticos se agarran a un clavo ardiendo con tal de no caerse. Los fanáticos de acá o de Alá no se toleran, son la cara y la cruz de la misma moneda. Hay también un ateísmo sin duda alguna, que ¿cree? demasiado y es tan intolerante como cualquier otro. Pero la tolerancia no tiene que ver nada en absoluto con la indiferencia de los pasotas. Y mucho con la atención a los otros y la búsqueda con los otros de la Verdad para todos, que es muy señora. Por eso hay que salvar las diferencias y respetarlas, porque estamos en camino con un pie en tierra y otro en el aire. Y no ha lugar para quedarse en el camino. Que eso es caer en un agujero, muy bajo, o pudrirse al margen donde también uno se pudre.

30 -7-2019
José Bada




lunes, 22 de julio de 2019

SALIDA


NO HAY SALIDA SIN APERTURA

¿Qué es la vida humana? La vida va siendo, es lo que hacemos y lo que nos pasa. Es la flor que se abre y la herida que nos duele. Crece como la siembra y se pudre cuando sólo se entierra. Es una pregunta abierta, y queda en nada cuando se cierra. Es como una bandera alzada cuando tremola y como un pañuelo cuando uno piensa que la tiene ya bien guardada en su bolsillo. Nada que ver con una pregunta retórica: no es preguntar por preguntar, no es una pose, una posición y menos una propiedad privada. Es la pregunta necesaria. Es saber y no saber y, por tanto, preguntar a sabiendas: responsablemente. Es el problema que somos y nos concierne, en el que nos va la vida. La verdad de la vida es la que se busca y la pregunta su anticipo: el sentido. Si ésta es el camino, aquella es la casa. Que no hay lo uno sin lo otro; ni casa sin puerta, ni camino sin casa.
La vida es el niño que nace y la fuente que mana, es el dolor y el sudor, el paso y el peso, la esperanza y la paciencia, la carga y el encargo. El trabajo y el ocio creativo, la fiesta y el negocio. Es el otro que reclama asistencia y quien la ofrece. Es el compañero y, a veces, competidor y hasta puede que adversario. Es lo bueno y lo malo, y nada que lo sea en absoluto. Vivir humanamente es vivir aquí, en cada situación y salir adelante en este mundo mediocre donde los extremos se tocan y a veces se confunden.
Vivir humanamente es compartir el pan y la vianda, la palabra y la convivencia. Nada que pueda hacerse como individuo, como uno de tantos de la misma especie. Como animales que gruñen a la vez pero sólo cada uno por su pienso. Sino como iguales en dignidad y diferente, irrepetible, cada quien como persona en todo caso.

Vivir humanamente es vivir en camino hacia los otros y ,con los otros, al Otro de todos si lo hay para nosotros que nunca se sabe. Es creer. No saber hacer cualquier cosa, que eso es poder y lo que puede la ciencia ya se sabe; sino comprender acaso y adivinar sabiendo – probando hasta saber cómo sabe la vida. El sabor del saber, guste o no guste, es lo que importa para creer e incluso para no creer, que son la cara y la cruz de la misma moneda. Creyentes y no creyentes o ateos, ya den la cara o la espalda, toman en serio su vida. Solo los indiferentes que preguntan por preguntar están al margen de la vida - como Vicente que va donde va la gente – o de la vida que se hace siempre personalmente o se deja por hacer al margen de cualquier modo.

En una sociedad de eventos y figurantes donde se consume la historia que no se hace, donde hasta la sábana santa de Jesús se guarda como una reliquia, y donde se arría la pregunta que somos y sirve a lo más para sonarnos como un pañuelo, lo que urge es la presencia y no las representaciones que no van a ninguna parte. Es ponerse en camino, no sentar plaza y sentar el cuerpo para ver lo que se ofrece sin ir a ninguna parte.

Mantener en alto la pregunta no es volver a las andadas, a un pasado de intolerancia entre fanatismos irreconciliables que estén a matar. Es caminar hacia delante, abiertos en la pregunta y por la pegunta que somos, ampliando el horizonte, alargando la vista y con con los ojos abiertos para que se haga la luz. Sin cera en los oídos ni tapones, sin prejuicios en la mente que no dejan escuchar. Responsablemente, sinceramente. Y sin pelos en la lengua que no nos dejen hablar. Francamente y sin fronteras. Que hablando se entienden las personas. Pero no predicando, sino con los pies en tierra y la pregunta ….en el aire que respiramos. Que ese es el espíritu que sopla dondequiera y que buena falta nos hace.

José Rada
16-7-2019


viernes, 31 de mayo de 2019

AMOR AL PRÓJIMO



UN BUEN CONSEJO

            El cuerpo humano no es uno más entre los cuerpos, está aquí ciertamente y no a la vez en otro sitio; pero no es uno más entre los cuerpos, ni siquiera entre los vivos sean plantas o animales. No es simplemente una cosa extensa en el conjunto de cosas extensas en el espacio. Tampoco es simplemente el estuche del alma o relicario y ésta el contenido: la joya o la reliquia. No somos cuerpo y alma. Somos en el cuerpo el alma, y sin el cuerpo nada. Somos incluso espíritu en el mundo, aquí y ahora: en el cuerpo y por el cuerpo, y sin el mundo nada. El cuerpo es el símbolo de alma. No el que remite a lo que no está presente aquí, en el símbolo: como una bandera que representa a la nación. Sino el símbolo real en el que se realiza el alma: se objetiva el sujeto que la trasciende. Somos más que un cuerpo, pero nada sin el cuerpo. Somos como la luz que trasciende y el calor de la llama que calienta , y nada si no prende en la cera que arde. Así es la vida humana y como un cirio encendido quien la vive. Pero esto es solo una semejanza, una metáfora de la trascendencia en otra dimensión.

           A diferencia de una señal que señala o indica lo que no es sin enterarse ni moverse, que remite a lo que es o pasa a continuación con el tiempo en el espacio y del signo que significa ideas y conceptos en general, el cuerpo humano como símbolo representa lo que sólo en él está presente. Esa presencia tiene sentido. Y el sentido del símbolo es su verdad. Interpretar el símbolo es ver y sentir, saber lo que esconde y se revela: lo que existe y se manifiesta, lo que se ofrece a quien se abre y lo recibe a corazón abierto. En ese encuentro se encuentran las personas a sí mismas y entre ellas. Ese encuentro es lo contrario de no encontrarse ni consigo ni con nadie. Y lo contradictorio de encontrarse perdido, de echar en falta el encuentro que es lo menos que puede pedirse.

        El símbolo del cuerpo como fenómeno nos permite hablar de una fenomenología básica para desarrollar una antropología elemental. Los hombres y las mujeres también – ofende la aclaración- como personas se encuentran de frente cuando se aman y se enfrentan como animales o persiguen de lo contrario. Los animales hacen el amor -es un decir- montando por detrás. Las personas miramos los ojos que nos ven, besamos los labios que nos besan, abrazamos el cuerpo que nos abraza, tomamos la mano que se da. Nos entendemos hablando y escuchando, que la palabra cabal es el diálogo. Como el agua que va entre dos orillas, que discurre. Como la vida que es convivencia. Como el pan que se comparte,compañero, y el camino que llevamos. 
          
         Caminar de pie y con los pies en tierra; mejor dicho,con un pie en tierra y otro en el aire es lo que hacemos los humanos como personas. Relegamos el pasado que se cierra a las espaldas, y nos abrimos hacia delante con determinación: hacemos camino al andar, y nos hacemos paso a paso a nosotros mismos. Mientras tanto la vida es una experiencia abierta, no un experimento de laboratorio que siempre puede repetirse con el mismo resultado. Tu vida, como la mía, es única: tú verás lo que haces. No obstante, yo puedo escuchar. Y tú también, tú que puedes hablarme. No hay yo sin tú, ni nosotros sin vosotros. No solo podemos sino que tenemos mucho de qué hablar, que solos no somos nadie como personas. Somos apenas como las cosas: él o ella en cualquier caso, no con quienes se habla sino sobre lo que se habla o dice la gente. Y por tanto, nada personal en la práctica de la vida.

            Lo que sacamos del pasado no es para entretenernos y perder el tiempo, no debería ser para eso. Lo que aprendemos si no sirve para el futuro mejor dejarlo, es una carga y un extravío. La experiencia, lo que se saca del camino recorrido, no tiene sentido si no es para seguir caminando hasta llegar a casa si la hay para todos nosotros. Que ya se verá o dejara de verse después de todo. Mientras tanto caminar es una opción razonable, es poner a trabajar la esperanza o convertirla -invertirla- en paciencia que trabaja. Es mantener la pregunta abierta y la bandera en el aire para la mejor casua. Es abrirse, es caminar. Y el otro, cualquier otro que encontremos en el camino o al borde del camino que necesite ayuda y que la acepte, un atajo para llegar juntos al enteramente Otro de todos nosotros: a casa, llámese la Verdad que es muy señora y nadie posee, o el Señor que es absoluto y puede ser el Amor con los brazos abiertos: el Padre. O como se llame a quien nosotros, los hombres y las mujeres llamamos: ¡Dios mío! , y a quien Jesús -de quien todos hemos oído hablar- nos enseñó a llamarle “Padre nuestro”. Mientras tanto, sea lo que fuere, no es mal consejo caminar juntos y amarnos los unos a los otros como hermanos. De las tres sorores,como las llamo yo: Libertad, Igualdad y Fraternidad, ésta última es el colmo y la perfección.

José Bada
22-5-2019