miércoles, 31 de julio de 2019

NO SEAMOS "IDIOTAS"




EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA 
 

Acaba de cumplir noventa años cuando esto escribo a orillas del Ebro, en Zaragoza, llegado a casa del huerto para hacerlo aquí lo mejor que sepa y él sin duda merece. Nació en Düsseldorf, el 18 de junio del año 1929. Comparto algunos recuerdos, la edad, maestros y esperanzas en curso. Y tengo sobre la mesa su obra preferida o más conocida, al menos, en traducción castellana: Teoría de la acción comunicativa, editada en dos volúmenes por Taurus Ediones S.A. en1987.No dudo en absoluto que muchos de mis lectores saben ya a quien me refiero, pero nunca está de sobras mencionar su nombre. Estoy hablando de Jürgen Habermas, colaborador de Adorno en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt y principal representante de la segunda generación de la llamada Teoría Crítica en Alemania.


Es sin duda uno de los pensadores que ha contribuido más a fundamentar racionalmente la democracia, mostrando las condiciones que hacen posible la acción comunicativa orientada al entendimiento en ese campo y en general en cualquier otro mediante el diálogo. Porque los hombres se entienden hablando si quieren y , si no, se muerden hasta matarse como animales. Peor aún, como sólo pueden hacerlo los humanos abusando de la razón instrumental. Sea ésta la ciencia pura y dura con la que dominamos la naturaleza, la mentira “eficaz” que corrompe la palabra y la convivencia humana o la estrategia que hace la guerra y no el amor. De modo que la boca que sirve para comer y compartir el pan y la palabra - para besar incluso- asociada a las manos sólo sabe hacer ya cosas y deshacerlas según le peta que viene a ser lo mismo.
La acción comunicativa orientada al entendimiento no ha lugar fuera del mundo de la vida ni es éste en su totalidad objeto puesto en cuestión. No es sobre ese mundo sobre el que se habla en la acción comunicativa sino sólo en ese mundo sobre aquello que emerge como problema para los participantes que lo habitan. Nadie puede salir del mundo en el que vive y seguir viviendo, es como el río en que nos mojamos y nadamos. Pero entonces, cuando llega el caso, se saca la cabeza para seguir flotando sin salir del agua. Es entonces y en ese mundo - en el nuestro- donde tenemos que entendernos hablando como personas si no queremos ahogarnos como animales irracionales.

Las condiciones de posibilidad de la acción comunicativa son todas y sólo las necesarias para llegar a un entendimiento entre personas responsables que se respeten. Por supuesto la libertad de pensamiento y de expresión, la obligación de escuchar a todos, el uso correcto de la lengua y el lenguaje, la argumentación razonada y razonable. La atención debida. Todo lo que, por desgracia, se lleva menos en el mercado donde solo se vende o se va de compra. También en el mercado político, donde los políticos ofrecen lo que desean sus clientes a cambio del voto. Y éstos, a cara tapada, piensan en lo suyo cuando les dan el voto. El resultado no es el gobierno del pueblo por el pueblo, sino el gobierno de los gobernantes elegidos por su clientela. Por una mayoría, que sin duda hay que acatar, sin que esto la haga razonable. Los demócratas acatan la mayoría, por supuesto; pero la mayoría de los ciudadanos va a lo suyo y los políticos también. Pero sin demócratas no hay democracia, lo mismo que no hay iglesia si no hay fieles. Ni pueblo sin bien común, o cosa pública: la república.
Con los años se ha consolidado en España un régimen democrático que lo es como cualquier otro. Y por desgracia con unos ciudadanos que también apenas o peor educados como demócratas que en otras naciones europeas. Eso es lo que se echa en falta. No electores, sino demócratas practicantes. Es esa carencia - lo que queda del franquismo como peor herencia- lo que debería preocuparnos. Hay una fanatismo sordo en ambos extremos y una indiferencia pasota que nada tiene que ver con la tolerancia. Una incapacidad para el diálogo y la acción comunicativa. Y un sistema escolar que escolariza, pero no educa. Que prepara apenas para encontrar trabajo, sin formar a los ciudadanos como si no lo fueran. Como si no tuvieran el deber y el derecho de participar en la política que nos concierne y compromete a todos.

Los atenienses llamaban “idiotas “ a cuantos ciudadanos no participaban en la política y se dedicaban sólo a su negocio. El tener un título y un máster o dos, no capacita a los ciudadanos para hacer la política que España necesita. Y en eso se quedan los jóvenes, sin trabajo muchos y demasiados “idiotas” que pasan de los partidos. Si descontamos una escasa minoría que hacen de ella una profesión, eso es todo. Apenas nada. Y lo poco que hay , la profesión, puede que sea lo peor de todo.

José Bada
20-6-2019















SIN CERA Y FRANCAMENTE


SALVAR LAS DIFERENCIAS

A cualquiera que no tenga cera en los oídos o tapones que no le dejen oír ni prejuicios en la mente que le impidan escuchar, uno que no tenga pelos en la lengua para poder hablar puede decirle sincera y francamente en cualquier situación que las personas se entienden hablando e invitarle al diálogo para resolver un conflicto que haya surgido por lo que sea entre ambos por cualquier motivo. Una persona no es en absoluto como una cosa ahí muda y encerrada: una “res cogitans” que dijo el filósofo, ni tan siquiera una oveja cojita -lisiada o no- que bala pero no habla: un borrego, vamos. Sino un animal racional que piensa, come normalmente con su boca como los animales sin tragarse las palabras -que se escuchan- y dice lo que piensa y a veces lo que menos se piensa sin pensarlo dos veces. Por eso no se aburren, porque no comen pienso ni aburren a los demás si piensan bien lo que dicen.

Pues bien, estoy convencido -oye- de que nosotros podemos y debemos entendernos todos hablando los unos con los otros sin gritar ni mordernos como bestias. Y es por eso que lamento que el grito, la amenaza o el reclamo ahuyenten la competencia leal, crispen la conversación y nos lleven a la polémica desagradable en una sociedad donde se hacen valer como en la plaza del mercado los bulos y las bolas de cada quien. Donde se esgrime la palabra en la vida pública como un arma y se hace de la política y de los políticos - ciudadanos todos, representantes y representados incluidos- individuos que van a votar como fieles no practicantes que van a misa. Sin advertir que no hay democracia real sin demócratas, ni demócratas sin un pueblo que crea en el bien común. Que no es el bien de cada cual o de todos juntos como el pienso de los cerdos en una granja - que gruñen a la vez, sólo eso- sino como el pan que se comparte entre compañeros. Que eso es una pasada, como el amor libre y la convivencia solidaria; vamos, ¡la hostia! O la comunión, que suena mejor y sabe igual de bien. Dígase lo que se diga, el bien común no es una suma. Ni es la mayoría de los electores satisfechos quien lo representa, que esa es la clientela y lo que consumen una mercancía.

La libertad, la convivencia, la palabra y el pan que da la vida y que se se comparte, el camino que llevamos las personas y la vianda: el nosotros cada vez más amplio y sin exclusiones, la deferencia entre las personas libres y responsables, la dignidad de cada quién se salva si salvamos para todos las diferencias. El otro, lejos de ser un obstáculo, es un atajo para llegar al enteramente Orto si lo hay para todos nosotros: a la casa común. El problema -el escándalo- es entonces el fanatismo que corrompe la fe y la convierte en mera fe. En fe en la fe y, por tanto, en cualquier fe. En una fe sin duda alguna, ni Misterio o Dios que la sustente. Ni Verdad que se busque. Los fanáticos se agarran a un clavo ardiendo con tal de no caerse. Los fanáticos de acá o de Alá no se toleran, son la cara y la cruz de la misma moneda. Hay también un ateísmo sin duda alguna, que ¿cree? demasiado y es tan intolerante como cualquier otro. Pero la tolerancia no tiene que ver nada en absoluto con la indiferencia de los pasotas. Y mucho con la atención a los otros y la búsqueda con los otros de la Verdad para todos, que es muy señora. Por eso hay que salvar las diferencias y respetarlas, porque estamos en camino con un pie en tierra y otro en el aire. Y no ha lugar para quedarse en el camino. Que eso es caer en un agujero, muy bajo, o pudrirse al margen donde también uno se pudre.

30 -7-2019
José Bada




lunes, 22 de julio de 2019

SALIDA


NO HAY SALIDA SIN APERTURA

¿Qué es la vida humana? La vida va siendo, es lo que hacemos y lo que nos pasa. Es la flor que se abre y la herida que nos duele. Crece como la siembra y se pudre cuando sólo se entierra. Es una pregunta abierta, y queda en nada cuando se cierra. Es como una bandera alzada cuando tremola y como un pañuelo cuando uno piensa que la tiene ya bien guardada en su bolsillo. Nada que ver con una pregunta retórica: no es preguntar por preguntar, no es una pose, una posición y menos una propiedad privada. Es la pregunta necesaria. Es saber y no saber y, por tanto, preguntar a sabiendas: responsablemente. Es el problema que somos y nos concierne, en el que nos va la vida. La verdad de la vida es la que se busca y la pregunta su anticipo: el sentido. Si ésta es el camino, aquella es la casa. Que no hay lo uno sin lo otro; ni casa sin puerta, ni camino sin casa.
La vida es el niño que nace y la fuente que mana, es el dolor y el sudor, el paso y el peso, la esperanza y la paciencia, la carga y el encargo. El trabajo y el ocio creativo, la fiesta y el negocio. Es el otro que reclama asistencia y quien la ofrece. Es el compañero y, a veces, competidor y hasta puede que adversario. Es lo bueno y lo malo, y nada que lo sea en absoluto. Vivir humanamente es vivir aquí, en cada situación y salir adelante en este mundo mediocre donde los extremos se tocan y a veces se confunden.
Vivir humanamente es compartir el pan y la vianda, la palabra y la convivencia. Nada que pueda hacerse como individuo, como uno de tantos de la misma especie. Como animales que gruñen a la vez pero sólo cada uno por su pienso. Sino como iguales en dignidad y diferente, irrepetible, cada quien como persona en todo caso.

Vivir humanamente es vivir en camino hacia los otros y ,con los otros, al Otro de todos si lo hay para nosotros que nunca se sabe. Es creer. No saber hacer cualquier cosa, que eso es poder y lo que puede la ciencia ya se sabe; sino comprender acaso y adivinar sabiendo – probando hasta saber cómo sabe la vida. El sabor del saber, guste o no guste, es lo que importa para creer e incluso para no creer, que son la cara y la cruz de la misma moneda. Creyentes y no creyentes o ateos, ya den la cara o la espalda, toman en serio su vida. Solo los indiferentes que preguntan por preguntar están al margen de la vida - como Vicente que va donde va la gente – o de la vida que se hace siempre personalmente o se deja por hacer al margen de cualquier modo.

En una sociedad de eventos y figurantes donde se consume la historia que no se hace, donde hasta la sábana santa de Jesús se guarda como una reliquia, y donde se arría la pregunta que somos y sirve a lo más para sonarnos como un pañuelo, lo que urge es la presencia y no las representaciones que no van a ninguna parte. Es ponerse en camino, no sentar plaza y sentar el cuerpo para ver lo que se ofrece sin ir a ninguna parte.

Mantener en alto la pregunta no es volver a las andadas, a un pasado de intolerancia entre fanatismos irreconciliables que estén a matar. Es caminar hacia delante, abiertos en la pregunta y por la pegunta que somos, ampliando el horizonte, alargando la vista y con con los ojos abiertos para que se haga la luz. Sin cera en los oídos ni tapones, sin prejuicios en la mente que no dejan escuchar. Responsablemente, sinceramente. Y sin pelos en la lengua que no nos dejen hablar. Francamente y sin fronteras. Que hablando se entienden las personas. Pero no predicando, sino con los pies en tierra y la pregunta ….en el aire que respiramos. Que ese es el espíritu que sopla dondequiera y que buena falta nos hace.

José Rada
16-7-2019


viernes, 31 de mayo de 2019

AMOR AL PRÓJIMO



UN BUEN CONSEJO

            El cuerpo humano no es uno más entre los cuerpos, está aquí ciertamente y no a la vez en otro sitio; pero no es uno más entre los cuerpos, ni siquiera entre los vivos sean plantas o animales. No es simplemente una cosa extensa en el conjunto de cosas extensas en el espacio. Tampoco es simplemente el estuche del alma o relicario y ésta el contenido: la joya o la reliquia. No somos cuerpo y alma. Somos en el cuerpo el alma, y sin el cuerpo nada. Somos incluso espíritu en el mundo, aquí y ahora: en el cuerpo y por el cuerpo, y sin el mundo nada. El cuerpo es el símbolo de alma. No el que remite a lo que no está presente aquí, en el símbolo: como una bandera que representa a la nación. Sino el símbolo real en el que se realiza el alma: se objetiva el sujeto que la trasciende. Somos más que un cuerpo, pero nada sin el cuerpo. Somos como la luz que trasciende y el calor de la llama que calienta , y nada si no prende en la cera que arde. Así es la vida humana y como un cirio encendido quien la vive. Pero esto es solo una semejanza, una metáfora de la trascendencia en otra dimensión.

           A diferencia de una señal que señala o indica lo que no es sin enterarse ni moverse, que remite a lo que es o pasa a continuación con el tiempo en el espacio y del signo que significa ideas y conceptos en general, el cuerpo humano como símbolo representa lo que sólo en él está presente. Esa presencia tiene sentido. Y el sentido del símbolo es su verdad. Interpretar el símbolo es ver y sentir, saber lo que esconde y se revela: lo que existe y se manifiesta, lo que se ofrece a quien se abre y lo recibe a corazón abierto. En ese encuentro se encuentran las personas a sí mismas y entre ellas. Ese encuentro es lo contrario de no encontrarse ni consigo ni con nadie. Y lo contradictorio de encontrarse perdido, de echar en falta el encuentro que es lo menos que puede pedirse.

        El símbolo del cuerpo como fenómeno nos permite hablar de una fenomenología básica para desarrollar una antropología elemental. Los hombres y las mujeres también – ofende la aclaración- como personas se encuentran de frente cuando se aman y se enfrentan como animales o persiguen de lo contrario. Los animales hacen el amor -es un decir- montando por detrás. Las personas miramos los ojos que nos ven, besamos los labios que nos besan, abrazamos el cuerpo que nos abraza, tomamos la mano que se da. Nos entendemos hablando y escuchando, que la palabra cabal es el diálogo. Como el agua que va entre dos orillas, que discurre. Como la vida que es convivencia. Como el pan que se comparte,compañero, y el camino que llevamos. 
          
         Caminar de pie y con los pies en tierra; mejor dicho,con un pie en tierra y otro en el aire es lo que hacemos los humanos como personas. Relegamos el pasado que se cierra a las espaldas, y nos abrimos hacia delante con determinación: hacemos camino al andar, y nos hacemos paso a paso a nosotros mismos. Mientras tanto la vida es una experiencia abierta, no un experimento de laboratorio que siempre puede repetirse con el mismo resultado. Tu vida, como la mía, es única: tú verás lo que haces. No obstante, yo puedo escuchar. Y tú también, tú que puedes hablarme. No hay yo sin tú, ni nosotros sin vosotros. No solo podemos sino que tenemos mucho de qué hablar, que solos no somos nadie como personas. Somos apenas como las cosas: él o ella en cualquier caso, no con quienes se habla sino sobre lo que se habla o dice la gente. Y por tanto, nada personal en la práctica de la vida.

            Lo que sacamos del pasado no es para entretenernos y perder el tiempo, no debería ser para eso. Lo que aprendemos si no sirve para el futuro mejor dejarlo, es una carga y un extravío. La experiencia, lo que se saca del camino recorrido, no tiene sentido si no es para seguir caminando hasta llegar a casa si la hay para todos nosotros. Que ya se verá o dejara de verse después de todo. Mientras tanto caminar es una opción razonable, es poner a trabajar la esperanza o convertirla -invertirla- en paciencia que trabaja. Es mantener la pregunta abierta y la bandera en el aire para la mejor casua. Es abrirse, es caminar. Y el otro, cualquier otro que encontremos en el camino o al borde del camino que necesite ayuda y que la acepte, un atajo para llegar juntos al enteramente Otro de todos nosotros: a casa, llámese la Verdad que es muy señora y nadie posee, o el Señor que es absoluto y puede ser el Amor con los brazos abiertos: el Padre. O como se llame a quien nosotros, los hombres y las mujeres llamamos: ¡Dios mío! , y a quien Jesús -de quien todos hemos oído hablar- nos enseñó a llamarle “Padre nuestro”. Mientras tanto, sea lo que fuere, no es mal consejo caminar juntos y amarnos los unos a los otros como hermanos. De las tres sorores,como las llamo yo: Libertad, Igualdad y Fraternidad, ésta última es el colmo y la perfección.

José Bada
22-5-2019










miércoles, 29 de mayo de 2019

Un abrazo, compañeros





¡Menudo cirio!

        El cuerpo -tu cuerpo- no es uno más en el espacio que está aquí entre los otros cuerpos, aunque también. Ni como el alma que a veces no está para nadie donde tiene el cuerpo y anda por ahí Dios sabe donde pero no el hermano. El alma como el espíritu y las ideas, el pensamiento y la conciencia no son como las cosas extensas en el espacio, ni es por eso más grande la cabeza que más piensa o el corazón que más quiere. Pero son, ¿o no? Todos lo sabemos y nadie en sus cabales se atrevería a negarlo. Y sin embargo, el espíritu sin el cuerpo que está aquí sería como el fuego y la luz sin la cera que arde: nada. Así es la vida y así las personas, como el cirio que arde. No dos cosas que se suman y son más que una; sino una realidad que es aquí y a la vez el ser que la trasciende. O de otra manera: el cuerpo es el símbolo del alma. No como una bandera que nos recuerda a la patria y es poco más que un pañuelo. Sino el símbolo en el que el alma se realiza: su presencia en carne mortal, y sin el cuerpo nada. Por eso y en eso existimos y nos encontramos como personas: y no solo estamos aquí como dos tarugos. ¿Te enteras? Pues eso, un abrazo compañeros.



martes, 14 de mayo de 2019

EN EL CAPITALISMO



¿ES POSIBLE MÁS DEMOCRACIA?

El pasado día 11 de este mes se celebró en Favara, que es mi pueblo, un debate sobre la democracia en un contexto social capitalista. Lo organizaba la Asociación Wirberto Delso como todos los años. Introdujo el tema Joan Carrera,S.J., de Cistianisme i Justicia. Quien puso el dedo en la llaga que padecemos, el indice que acusa las deficiencias del mejor de los sistemas políticos: el gobierno del pueblo por el pueblo, cuando se queda a verlas venir porque no hay pueblo que lo sea cuando los individuos se comportan como si no fueran vecinos y la fraternidad -que es el colmo de la perfección- se pierde con la igualdad y ambas con la tercera: la libertad, corrompida ésta por el amor propio y convertida en libertinaje o capricho que es la libertad de las cabras. Es un decir, que las cabras son animales como los cabrones y los cabritos por supuesto. Y los animales van a lo suyo, sobreviven -y con ellos la especie- si cada uno apetece lo que necesita aunque sean sólo los más fuertes los que salen adelante. La lucha por la vida , más acá de la fraternidad, pone a los individuos animales al servicio de la especie.
Los animales no conviven como las personas, no piensan en los demás, no comparten el pan y la palabra. No son libres y responsables. ¿Las personas, en cambio...? Las personas, en cambio, pueden comportarse como los animales. Es decir, peor -a sabiendas, a ciencia y conciencia- y en contra de la humanidad cuando uno utiliza su boca para morder, sus manos para coger, y sus pies para ir sin saber donde: para seguir o perseguir, para huir acaso, y no para encontrarse con otros y relacionarse con todos en un nosotros cada vez más amplio en el que quepamos todos.
Si el egoísmo es el motor de la economía y esto lo único que importa, si cada uno va a lo suyo y tonto el último, si eso es el valor supremo del capitalismo, una democracia de calidad es incompatible con un capitalismo de rigurosa observancia.¡Apaga y vámonos!
Apenas es posible ya una democracia deficiente, aparente. En la que todos votan o pueden votar, que no es poco aunque no suficiente. Que eso no quiere decir aún que voten a los mejores candidatos pensando en el bien de todos los ciudadanos, que haya en todos los electores suficiente solidaridad, convivencia positiva, un proyecto común, un bien común, un valor inapreciable, inconmensurable, que esté por encima de las partes y las reúna a todas como un todo: en un solo cuerpo, como los miembros que viven con el mismo corazón. Una democracia necesita un pueblo para ser perfecta, un conjunto de individuos no basta. Como una iglesia sin fieles, así es una democracia sin demócratas. Yo no veo la diferencia entre los que sólo tocan el bombo en Semana Santa con la cara tapada y los que echan la papeleta en la urnas sin que nada se sepa. Ellos sabrán lo que hacen. No los juzgo, pero no me fío de unos ni de otros.

Sólo pienso que cuando cada uno va a lo suyo sin importarle nada los demás, cuando va a su bola, el colectivo lo es como conjunto: como los animales de una granja que gruñen a la par porque todos tienen hambre y mientras la tengan, pero dejan de hacerlo a medida que les llega el pienso: el suyo, claro. Una política en un contexto capitalista se interesa por lo que pide la mayoría. No es la voluntad del pueblo soberano, que no hay tal. Es la mayoría cuantitativa, el conjunto de los que más gritan. Esos son los que mandan, la canalla que grita y los políticos que se venden. Esto no quiere decir, sin embargo, que la cantidad de los que se quejan no sea en absoluto un síntoma al menos de un bien común. De la carencia de un bien común, de algo que hay que atender. Pero no siempre es lo más importante cuando se piensa en todo y en todos, en la humanidad que nos hace humanos. Los más pobres y marginados, aunque tengan más razón que un santo, no son siempre ni mucho menos los santos de la devoción de los políticos profesionales. No es esa la liturgia que celebran y practican los políticos, ni son los pobres los primeros sino los últimos de sus clientes.

Las próximas elecciones son una oportunidad, una situación propicia para ejercer como políticos responsables. Que todos lo somos en principio, y algún poder tenemos los electores. No malgastemos el voto ni lo vendamos, no pensemos sólo en lo que nos duele. Pensemos en lo que más duele pensando en todos. Dejemos la bola en el rincón de los recuerdos, y juguemos en serio para participar. Que eso es ganar, y lo otro regatear. Lo que hace un gato para zamparse el ratón cuando tiene hambre.

José Bada
14-5.2019

miércoles, 1 de mayo de 2019

POCAS NUECES


DEMASIADO RUIDO




No es la fe cristiana como cualquier otra un hecho observable ni mensurable objetivamente sino subjetivo y muy personal. No hay estadísticas fiables al respecto sino acaso de las respuestas que digan o nos digan los presuntos creyentes. Aún suponiendo que la procesión vaya por dentro en los que se llaman cristianos, los sociólogos se ocupan sólo de las que salen a la calle; es decir, de lo que salta a la vista y a veces ensordece.
Por supuesto nadie es quien para juzgar o prejuzgar a quienes salen en procesión en Semana Santa. No obstante - sin querer juzgar a nadie- sospecho que es mucho mayor el ruido que las nueces; es decir, que son bastantes más los que salen en procesión para tocar el bombo con la cara tapada que los que creen a ciencia y conciencia con el corazón herido y a pecho descubierto en Jesús llamado el Cristo. Y por supuesto menos los creyentes que los turistas y público en general que asiste al espectáculo.
Las cofradías poco tienen que ver ya con la comunión de los santos y mucho con las hermandades y asociaciones que expresan y celebran a su manera la unión común entre vecinos de la misma comunidad. En un mundo secularizado, de la religión queda lo que religa. Y relajada la fe, pienso que hasta ésto que reúne todavía acabará por disolverse en eventos de no te lo pierdas. Lo que sería una pérdida irreparable, como un olvido de haberse olvidado. Traicionada la tradición: convertido el culto en cultura popular y aquella en tradición muerta y enterrada, se convierte ésta en artículo para el consumo. Al repetirse sin ton ni son – es decir, sin sentido- se multiplica como ruido que a nadie aprovecha para la vida y menos para hacer la historia. Eso es a lo que llamo tocar el bombo: un repique banal que mata y ensordece. Que insiste de fijo, pero no existe en realidad de verdad. Un triste espectáculo, que representa un drama triste que no duele a los figurantes y consumen con morbo los turistas. !Es para devolver!

Todo lo contrario del pan y la palabra que se comparte, de la vida y la convivencia, del camino abierto que se recorre dando la cara y ofreciendo la mano a los compañeros y al prójimo que lo necesita. Sobre todo a los marginados - a las víctimas que yacen al borde del camino- para que se incorporen. Parar y reparar en ellas – lejos de ser un extravío- es una rectificación. Y ayudarles un atajo, un salto que nos acerca de pronto al enteramente Otro: a la casa de todos si es que hay Dios para nosotros que eso nunca se sabe. Pues se cree o no. Y esa es la cuestión, y la cuestión es el hombre: Tú y Yo; es decir, la persona.

En eso pensaba hace unos días en Semana Santa - que llegó como siempre como las estaciones del año- cuando rompe la hora y la costumbre el anuncio de las elecciones que están al caer. Ojalá que con ellas comience otra historia o se renueve. Hay encuestas que presumen los resultados, pero lo que importa no es lo que se cuenta sino el recuento de los votos. Y eso depende de los electores. Ojalá voten en conciencia, que en secreto ya se hace. Ojalá vayan todos a votar, no a echar la papeleta o hacer el papel porque les toca. Que eso sería como tocar el bombo sin dar la cara. Pero ese deseo que comparto en principio con la mayoría de los ciudadanos – eso supongo- no quita el miedo y la sospecha que tenemos otros – muchos, y no yo solo por desgracia- en este país. A fin de cuentas es en la práctica el mismo pueblo que vemos en Semana Santa, el mismo público aturdido o conmovido - ¡quién lo sabe! - que asiste o participa en las procesiones y el que ha sido convocado para las elecciones. Ojalá sea para bien: para hacer historia, y no para hacer el memo....así en la tierra como en el cielo. Una democracia sin demócratas convencidos es como una iglesia sin creyentes practicantes. Los que tocan el bombo son igual en todas partes y , con frecuencia, los mismos.

Haz que no pase lo que me temo. Y ojalá que no seas, compañero, la excepción que confirme la regla. Y que el ruido no sea más que las nueces.

José Bada
25-4-2019