sábado, 14 de diciembre de 2019

¡No al cambio climático!


VERSO SUELTO

No conduzco, camino despacio y si quiero voy donde me llevan si está lejos ....y ,si no, me quedo en casa. Lo que no hago es dejar de pensar con mi cabeza y decir lo que pienso sin pelos en la lengua a poco que me tiren de ella. Soy un cascarrabias a veces, otras un cantamañanas y siempre un viejo que larga como casi todos los viejos cuando les escuchan. Me piden un verso suelto, y no puedo negarme. Hablaré del cambio climático. Que Greta Thumberg lo haga se comprende. A sus años no deja de ser para ella, adolescente aún , su problema. Lo que peligra es nada más y nada menos que su casa y su mundo: su porvenir y su vida, todo eso que cabe esperar y puede irse a pique si no hacemos nada para evitarlo. Por tanto, es también nuestro probelma: no porque nos vaya en ello nuestro mundo y nuestra vida, que ya está hecha. Sino porque podemos perder aún lo poco que nos queda: la dignidad, si lo tomamos solo como un tema y no hacemos nada para evitar que pase lo que nunca debería pasar. 
¡NO AL  CAMBIO  CLIMÁTICO!




viernes, 6 de diciembre de 2019

"·Concordanza"



“CONCORDANZA”

Si no hay concordancia, con-sentimiento y “concordanza” , la vida es un baile suelto pero no agarrado. Algo así como dar vueltas como un pirulo, girando sobre uno mismo hasta caer muerto. A no ser que el pirulo, proyectado para bailar, se tire para matar; es decir, para destrozar a los otros. Pero eso se hacía en mi pueblo con la galdrufa -que es como llaman allí a la peonza- que era más grande, más pesada y más dura que el pirulo. Este se actuaba con los dedos, sin cuerda, y solo para bailar. La galdrufa en cambio, salvo excepciones, la tirábamos a matar con una cuerda. Yo tenía una de carrasca, calzada con un clavo de herradura para dar golpes o coces como una mula. Después de chupar una punta de la cuerda, envolvía con ella y sobre ella el resto de la misma hasta cubrir toda la galdrufa y agarrar con la derecha la otra punta. Salvo cuando jugábamos sin competir y las galdrufas bailaban juntas como los mozos y las mozas en la plaza del pueblo para las fiestas, nosotros tirábamos a matar y derrotar al adversario. Aquello era un juego muy bruto. Con los pirulos competíamos para ver quién y cómo hacía bailar al suyo más tiempo sobre una cuerda, sobre las manos o en el suelo. Y eso era distinto, aunque más aburrido. Era sólo bailar y bailar solo, no agarrado.

La concordia y el acuerdo es lo contrario del abrazo del oso, que mata. Es el abrazo que une. El abrazo del hombre que se abre, que sale de la caverna , de la barbarie y de sí mismo: de su pasado, para encontrarse con otros. Para compartir el camino y la vianda , para abrazarse en un nosotros en el que quepamos todos. Siendo el otro - el prójimo - un atajo para llegar al Otro de todos nosotros : el destino o la casa donde el camino acaba y los caminantes se recogen. Mientras tanto la verdad es el lo que hay: el sentido, un anticipo de la que nos falta nada más y nada menos. Que no es el camino lugar para quedarse, compañeros. Y eso que llamamos fe no es fe en la fe, sino en lo que está por ver y por venir. La fe en la fe no tiene pies ni cabeza, es una esperanza de fijo: desesperante, que se planta sin dar un paso. Que echa raíces sin dar fruto. Sin corazón ni coraje para caminar con un pie en tierra y otro en el aire. No es responsable, es hija del miedo. Y más que existir, in-siste y se cierra sobre sí misma a cal y canto. La fe en la fe se endurece como una piedra, es un escándalo o piedra de tropezar. De tener algo esa fe desesperada no son manos abiertas que se dan y se toman sino puños cerrados. Ni brazos abiertos. Acaso la boca para comer y morder, no para besar. Ni siquiera para compartir el pan y la palabra.

La fe en el Otro de todos nosotros, es muy personal. Es libre, faltaría más. Como el amor. Pero no caprichosa, que el capricho es cosa de cabras. Lo que les lleva al monte para comer y engordar como quiere el pastor. No las cabras, sino el pastor que es siempre un carnicero que lleva su ganado al matadero.
La fe es libre sin duda alguna. Y a pesar de la duda – pues no se cree sin duda alguna- es una determinación responsable. Es confianza. No es la certeza de haber llegado, es el sentido y la apertura: la salida al encuentro del Otro en cada paso. Y el prójimo, compañero, un atajo. Abrirse al otro puede y debe ser un adelanto en el buen camino. Un anticipo incluso. Sobre todo cuando se para y se repara en otros que necesitan y piden atención.
Más que la plaza para bailar aunque sea agarrado, lo mejor es desplazarse y abrirse para caminar. Pero eso sí , para caminar agarrados. Abiertos siempre, y atentos con los otros. Dispuestos para ayudar y confiados para dejarse ayudar, Para compartir el pan y la vianda, compañeros. Que no tenemos aquí ciudad permanente. ¿Nos abrimos? Eso es lo que quiero y para todos - como para mi – deseo.

Baile o camino, vivir no se hace sin los otros. Que así, a solas, es desolador y una maldición cuando se dice a otro “con su pan se lo coma”. En cambio la compañía, como el amor, es una bendición y una gracia. No el pan que se reparte como el pienso en una granja. Sino el bien común que se comparte. No el pan de los pobres, que es lo menos que se les puede dar para que no mueran de hambre. Sino el pan de vida, el sustento que nos sustenta a todos. El que mantiene en pie la dignidad, el respeto y el el amor: la fraternidad, que es la perfección de la libertad y de la igualdad. Y de la vida verdadera que tenemos que hacer siempre, de la convivencia. Que la muerte es solo lo que nos pasa

José Bada
31-10-2019


jueves, 21 de noviembre de 2019

Verso suelto


Verso suelto, para las fiestas del Pilar
Las fiesta del Pilar vuelve todos los años como las borrajas a su tiempo y los nabos en adviento, cumple. Acude a la cita, y la columna es como una fita en el espacio.Si ésta nos reúne aquí en Zaragoza, aquella nos concita y convoca para la fiesta el 12 de octubre. La fiesta del Pilar es el día señalado entre todos los días del año y la columna como la estaca que destaca el centro del mundo que habitamos. Nuestro mundo es en cierto modo redondo; es decir, ordenado en el espacio y en el tiempo.
Para sobrevivir en el Ebro hay que saber nadar, flotar y sacar la cabeza. En tierra firme en cambio es posible con tal de respetar y conservar el orden establecido en su ribera. Lo dicho vale de un mundo tradicional y de un pueblo asentado en sus tradiciones. No en la tradición muerta y enlatada, conservada fuera de la historia. Sino en curso, viva y convivida. Pero no basta para una sociedad abierta que viva y sobreviva desde la libertad y para un pueblo que esté siempre en camino. Las fiestas del Pilar no son para nosotros un evento de no te menees. Ni su plaza un lugar para quedarse. Sino un alto en el camino donde parar y reparar, para recordar de donde venimos y , sobre todo, para saber a donde queremos ir. Una cita que nos emplaza para desplazarnos de nuevo.




miércoles, 20 de noviembre de 2019

Artículo publicado



EL MURO Y LOS PREJUICIOS


A los pocos días de caer el muro de Berlín, pasé por allí con mi esposa y me traje un trozo arrancado de él con la ayuda de un mazo y un cortafríos que alquilaban a los turistas. He perdido a mi esposa mientras tanto, pero conservo vivo su recuerdo. Lo que no encuentro ya , aunque estoy seguro de tenerlo en algún sitio escondido es aquella reliquia del muro. No importa . En este caso lo preocupante no es el olvido. Ni ayuda mucho la memoria de lo que fue para evitar otros muros semejantes que puedan ser todavía. Derribar un muro y abrir una puerta, convertir ésta en arco de triunfo para celebrar el paso de los caminantes no lo es todo. Pero además aquello es ya un símbolo devaluado, un monumento para turistas que están de vuelta de todo lo que hay que ver. En este mundo en el que el dinero no tiene fronteras y la información apenas, en el que uno va donde quiere sin que nada lo impida, lo que obstaculiza la convivencia pacífica ya no son aquellos muros. Sino otros invisibles : los prejuicios de la mente y los motivos del corazón que la razón no comprende. Son las prevenciones de entrada contra los otros que no son obviamente como nosotros. Es la hostilidad incompatible con la hospitalidad. Una mente despejada sin prejuicios y un corazón abierto serían la gracia y la gloria para todos y todas. Destruido el muro tendríamos así un arco de triunfo espiritual para celebrar el paso, realzar el camino, concitar a los compañeros y seguir en buena compañía.

Los humanos tenemos siempre los oídos abiertos, y los ojos que cerramos sólo para dormir salvo raras excepciones. Pero no es lo mismo oír que escuchar, ni ver que mirar. No podemos evitar oír lo que no queremos escuchar, ni ver lo que no queremos mirar. Pero podemos oír como quien oye llover, y ver sin mirar. Y es lo que hacemos normalmente cuando nos conviene o eso parece. Prevenidos y escarmentados, nos protegemos y defendemos de las impertinencias y de los impertinentes con los prejuicios.

Vivimos en un mundo en el que los prejuicios de acá y de allá, de unos y otros, hacen imposible la convivencia y la paz entre todos nosotros. Somos diferentes, pero lo malo no es eso sino que las diferencias sean incompatibles. Que sean muy suyas; es decir, muy nuestras en cada caso y solo por eso incuestionables. No abiertas ni complementarias, sino cerradas sin duda alguna. Como una afirmación que se repite o , mejor, que no cambia ni discurre: como el tronco que lleva el río, siempre el mismo -idéntico- y no como el río que cambia el curso hasta llegar al mar. Como una afirmación consolidada, bala embalada o piedra de tropezar en el camino. Esa firmeza fatal, ese fanatismo, es fe en la fe sin duda alguna. Y por tanto la corrupción de la fe en Dios, que no comprendemos, y por supuesto en los hombres en quienes no confiamos. Entre el que no cree absolutamente en nada y el que cree absolutamente en su fe, no hay diferencia cualitativa. Ninguno de los dos cree en Dios, ni en las personas. No se fía ni confía. Por eso necesita creer sin escuchar. Y para eso le basta y sobra cualquier fe.
En un mundo de fanáticos la paz y la convivencia entre todos es imposible. Lo malo de un mundo tan poblado y de un espacio limitado en el que todos y todo se mueve a gran velocidad, es entonces que las fricciones y los conflictos aumentan sin remedio. Ya no hay tierra suficiente para separar a tanto enemigo. Los prejuicios individuales o compartidos: las identidades fanáticas y las ideologías partidistas se afirman obstinadamente contra los otros. Sin que el diálogo sea posible, ni evitables el grito y la barbarie.
Esta prevención contra los otros y la desconfianza con los extraños, este sistema defensivo o esa defensa por sistema, nos encierra y yuxtapone los unos a los otros como objetos. Pasamos de los otros sin parar ni reparar en ellos y vamos por el mundo con la casa encima pero mucho más deprisa que los caracoles. En modo alguno abiertos, sino encerrados por cercos y muros invisibles. Cayó el muro de Berlín. Pero cuando caen los muros y las fronteras, lejos de reunirnos en la plaza o desplazarnos juntos compartiendo el camino y la vianda - no menos que la vida y la palabra - , vemos que no nos vemos o miramos y por supuesto -si oímos aún- lo que no hacemos es escucharnos los unos a los otros.
Así no vamos a un mundo mejor. Nos movemos, eso sí. Y al movernos sin encontrarnos -sin mediar palabra- aumentan los accidentes de tráfico. La alternativa no es suprimir las diferencias, sino tenerlas en cuenta haciendo que los contrarios sean complementarios. La tolerancia bien entendida es eso, y el diálogo lo mismo. Todo se puede compartir sin duda alguna entre caminantes que buscan lo mejor para todos. Todo hasta llegar a la casa común. Lo que no se puede es es caminar y quedarse cada quien en la suya o con los suyos; es decir, en su agujero. Que en eso queda, sin dar un paso, el que pasa de los otros. No se abre.

José Bada
14-11-2019

martes, 19 de noviembre de 2019

Mujer pública


Un hombre público es un político y , preferentemente, con autoridad o en ejercicio de un cargo en el gobierno. Una mujer pública,en cambio, hablando mal para que todos me entiendan es una puta. O dicho en latín sin recortes: “pro populo statuta”, de donde la abreviatura pro populo statuta.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Bien común


EL BIEN COMÚN

Son exactamente las cuatro y seis minutos de la mañana cuando esto escribo hoy, tres de septiembre del año en curso. Estoy despierto, he tenido un sueño y no puedo dormir. Es una utopía, no ha sucedido aún en ninguna parte que yo sepa. !Aunque vete a saber! Lo que nunca ha pasado según se dice, puede acontecer el día menos pensado en algún lugar. Jesús de Nazaret nació en Belén,¡quien lo iba a decir! Lo dice el Evangelio, la Buena Noticia para los creyentes.

El caso es que ahora mismo estoy despierto. Hace unos minutos, a las cuatro en punto, cuando aún estaba en la cama he oído en sueños que otros cantaban en la calle una canción extraña. “Todo se puede todavía”, eso me pareció escuchar. Y yo me he levantado -eso es cierto- de un salto para poner por escrito la ocurrencia: “Vaya, vaya, ocho que cantan y ocho que aún ven”. Escrito lo cual, vuelvo a mi habitación aunque me temo que ya no pueda dormir.
He dormido no obstante y a las ocho y media -mal-dormido- sigo con el tema resonando en mis oídos la misma canción. Hay sueños de la noche que tenemos mientras dormimos profundamente y otros que nos despiertan y no nos dejan dormir. Los de la noche pasan y eso es todo, y los otros que nos despiertan para vivir no nos dejan dormir. Esos , los del día, nos dicen lo que puede ser todavía. Si queremos y lo vemos, claro. Se refieren a los hechos que hacen historia, no a los “eventos” que no te puedes perder sino a los hechos que debemos hacer. No a lo que hace -por supuesto, naturalmente- la naturaleza que cumple a su tiempo como dice el refrán: “...y los nabos en dviento”.
Vivir desde la libertad y para la libertad responsable es la vida humana, que la otra es el capricho o la libertad de las cabras que van a su bola o a su pienso. Vivir desde la libertad humana es vivir para los otros y con los otros, entre los otros y entrelazados -solidarios- en el mundo que hacemos día a día apenas despertamos y abrimos los ojos.

La historia buena o mala la hacemos los hombres, echar la culpa al diablo cuando es mala no tiene sentido. Y dar gracias a Dios porque es buena es olvidar que Dios, si la hace es porque también se hace hombre para hacerla con nosotros y para nosotros. Eso es lo que creen los cristianos. Los que siguen al Cristo, a quien dijo que Dios, su Padre, le había abandonado. En cualquier caso la historia es humana o no lo es en absoluto. Y para hacerla es menester ver con los ojos abiertos y los pies en tierra. O mejor, con un pie en tierra y otro en el aire. Que si bien todo es posible todavía, nunca se sabe a ciencia cierta lo que será. El sentido del camino se presiente acaso y se adivina al caminar, al hacer el camino hacia delante sin estar plantado o a verlas venir. O en un presente sin pasado ni futuro, en la “eternidad efímera” que dice M.Castells.
Ver con buenos ojos es celebrar que todo es posible todavía. Actuar desde la libertad con determinación es realizar lo que es posible. Actuar responsablemente: ante los otros y para todos los otros, a corazón abierto y mano tendida es hacer lo mejor que se puede hacer. Es realizar el mejor de los sueños, la utopía que no es aún en ningún lugar: el bien común, que no es lo que todos desean pero cada uno sólo para sí. Sino el bien común que no es y puede ser todavía para todos. Que así sea.










Familiaridad


FAMILIARIDAD

Tengo muchos años, soy un viejo viudo y no he tenido hijos. No puedo decir - sería injusto- que el diablo me ha dado sobrinos como asegura el refrán. Pero conozco a más de uno en mi situción que sí los tiene, no digo ya sobrinos sino hijos e hijas que pasan de sus padres por desgracia y los van dejando caer en el agujero de una soledad sin puertas ni ventanas que es un infierno y nada tiene que ver con el descanso eterno merecido después de criar a sus nietos.
Muchos son los que tenemos la impresión de que los vínculos sociales en esta sociedad - y , por tanto, los familiares- se relajan y se rompen incluso a la par que nos enredamos como nudos cerrados o meros contactos virtualmente. Los fastos y nefastos de la familia,aniversarios y cumpleaños incluidos, ocasión antaño para reunirse chicos y grandes de todas las edades ya no compiten con los eventos de no te lo pierdas y cada cual va a su bola con los suyos que son los otros y ninguno de nosotros o de la misma familia. Como si la opinión de algunos que dice el refrán: “parientes y trastos viejos pocos y lejos”, fuera ya la consigna. Y lo mejor para cualquiera- lejos de ser una maldición- desearle al compañero de antes - familiares incluidos- que“con su pan se lo coma”.

La familiaridad, la convivencia, la confianza y la ayuda mutua entre todos los miembros de la gran familia, ancianos y niños, jóvenes y adultos, la nuera incluida y hasta los vecinos y amigos de nuestros amigos, ha dejado de ser lo que era y apenas son conocidos o contactos los que fueron antes naturalmente familiares. Y así no vamos a ninguna parte: no a casa, no como seres humanos. No hacia un nosotros cada vez más amplio sin excluir a nadie en el que quepamos todos y todas.

La familiaridad y buena compañía es por sí misma la excelencia de la vida , una pasada. Hace unos días estaba sentado en mi huerto después de darme un baño en la piscina, leyendo un libro debajo de la higuera, con los pies en tierra donde crecía la hierba como los árboles en silencio. Cantaban los pájaros, supongo, aunque no lo recuerdo pero seguro como lo es que entonces lucía el sol a mediodía. “Ser y tiempo” era el libro. Y fue entonces cuando sentí cosquillas en mi pierna derecha, cerré el libro, abrí los ojos en realidad de verdad y apareció ésta de cuerpo presente con una flor en la mano o espiga – puede que fuera una espiga, pues me picaba- que me decía: “Yayo,yayo, mira”. Era Estrella, que ese es su nombre. Y con ella, con su palabra, dejé en silencio a Heidegger y me puse a hablar con mi sobrina biznieta y a mirar lo que me enseñaba.

Fue una experiencia inolvidable. El colmo y la gracia que rebasa la experiencia de un viejo. Algo que deseo compartir con todos mis amigos y mis lectores, un saber que sabe mejor que todo lo que sé y que ofrezco a todos para que aprueben y prueben lo mismo en su vida. Que no ha de faltarles ocasión , que niños y niñas los hay para los viejos y viejas con tal de que sepan serlo y comportarse como yayos y yayas sin espantar a las criaturas como si fueran moscas.

Hace tiempo, dos o tres años, estando sentado en el parque que tengo cerca de casa haciendo la bicicleta, se me acercó una mocosa de unos cuatro años que quería hacer lo mismo y me preguntó -¡oye! - si yo no iba a la escuela. Y sin esperar respuesta me dijo jubilosa: “¡Yo hoy no voy a la escuela!”, que era por supuesto lo que quería decir a un viejo para que se enterara todo el mundo.
La familiaridad espontánea de los más pequeños, de los niños y las niñas inocentes, es un tesoro y un regalo para los viejos. En ese encuentro de los extremos anida hoy el futuro de toda la humanidad.

José Bada
20-8-2019