Un hombre público es un
político y , preferentemente, con autoridad o en ejercicio de un
cargo en el gobierno. Una mujer pública,en cambio, hablando
mal para que todos me entiendan es una puta. O dicho en
latín sin recortes: “pro populo statuta”, de donde la
abreviatura pro populo statuta.
martes, 19 de noviembre de 2019
miércoles, 18 de septiembre de 2019
Bien común
EL BIEN COMÚN
Son exactamente las
cuatro y seis minutos de la mañana cuando esto escribo hoy, tres de
septiembre del año en curso. Estoy despierto, he tenido un sueño y
no puedo dormir. Es una utopía, no ha sucedido aún en ninguna
parte que yo sepa. !Aunque vete a saber! Lo que nunca ha pasado según
se dice, puede acontecer el día menos pensado en algún lugar.
Jesús de Nazaret nació en Belén,¡quien lo iba a decir! Lo dice
el Evangelio, la Buena Noticia para los creyentes.
El caso es que ahora
mismo estoy despierto. Hace unos minutos, a las cuatro en punto,
cuando aún estaba en la cama he oído en sueños que otros cantaban
en la calle una canción extraña. “Todo se puede todavía”, eso
me pareció escuchar. Y yo me he levantado -eso es cierto- de un
salto para poner por escrito la ocurrencia: “Vaya, vaya, ocho que
cantan y ocho que aún ven”. Escrito lo cual, vuelvo a mi
habitación aunque me temo que ya no pueda dormir.
He dormido no obstante
y a las ocho y media -mal-dormido- sigo con el tema resonando en
mis oídos la misma canción. Hay sueños de la noche que tenemos
mientras dormimos profundamente y otros que nos despiertan y no nos
dejan dormir. Los de la noche pasan y eso es todo, y los otros que
nos despiertan para vivir no nos dejan dormir. Esos , los del día,
nos dicen lo que puede ser todavía. Si queremos y lo vemos, claro.
Se refieren a los hechos que hacen historia, no a los “eventos”
que no te puedes perder sino a los hechos que debemos hacer. No a lo
que hace -por supuesto, naturalmente- la naturaleza que cumple a su
tiempo como dice el refrán: “...y los nabos en dviento”.
Vivir desde la libertad
y para la libertad responsable es la vida humana, que la otra es el
capricho o la libertad de las cabras que van a su bola o a su pienso.
Vivir desde la libertad humana es vivir para los otros y con los
otros, entre los otros y entrelazados -solidarios- en el mundo que
hacemos día a día apenas despertamos y abrimos los ojos.
La historia buena o
mala la hacemos los hombres, echar la culpa al diablo cuando es mala
no tiene sentido. Y dar gracias a Dios porque es buena es olvidar que
Dios, si la hace es porque también se hace hombre para hacerla con
nosotros y para nosotros. Eso es lo que creen los cristianos. Los que
siguen al Cristo, a quien dijo que Dios, su Padre, le había
abandonado. En cualquier caso la historia es humana o no lo es en
absoluto. Y para hacerla es menester ver con los ojos abiertos y los
pies en tierra. O mejor, con un pie en tierra y otro en el aire. Que
si bien todo es posible todavía, nunca se sabe a ciencia cierta lo
que será. El sentido del camino se presiente acaso y se adivina al
caminar, al hacer el camino hacia delante sin estar plantado o a
verlas venir. O en un presente sin pasado ni futuro, en la
“eternidad efímera” que dice M.Castells.
Ver con buenos ojos es
celebrar que todo es posible todavía. Actuar desde la libertad con
determinación es realizar lo que es posible. Actuar
responsablemente: ante los otros y para todos los otros, a corazón
abierto y mano tendida es hacer lo mejor que se puede hacer. Es
realizar el mejor de los sueños, la utopía que no es aún en ningún
lugar: el bien común, que no es lo que todos desean pero cada uno
sólo para sí. Sino el bien común que no es y puede ser todavía
para todos. Que así sea.
Familiaridad
FAMILIARIDAD
Tengo muchos años, soy
un viejo viudo y no he tenido hijos. No puedo decir - sería injusto-
que el diablo me ha dado sobrinos como asegura el refrán. Pero
conozco a más de uno en mi situción que sí los tiene, no digo ya
sobrinos sino hijos e hijas que pasan de sus padres por desgracia y
los van dejando caer en el agujero de una soledad sin puertas ni
ventanas que es un infierno y nada tiene que ver con el descanso
eterno merecido después de criar a sus nietos.
Muchos son los que
tenemos la impresión de que los vínculos sociales en esta
sociedad - y , por tanto, los familiares- se relajan y se rompen
incluso a la par que nos enredamos como nudos cerrados o meros
contactos virtualmente. Los fastos y nefastos de la
familia,aniversarios y cumpleaños incluidos, ocasión antaño para
reunirse chicos y grandes de todas las edades ya no compiten con los
eventos de no te lo pierdas y cada cual va a su bola con los suyos
que son los otros y ninguno de nosotros o de la misma familia. Como
si la opinión de algunos que dice el refrán: “parientes y trastos
viejos pocos y lejos”, fuera ya la consigna. Y lo mejor para
cualquiera- lejos de ser una maldición- desearle al compañero de
antes - familiares incluidos- que“con su pan se lo coma”.
La familiaridad, la
convivencia, la confianza y la ayuda mutua entre todos los miembros
de la gran familia, ancianos y niños, jóvenes y adultos, la nuera
incluida y hasta los vecinos y amigos de nuestros amigos, ha dejado
de ser lo que era y apenas son conocidos o contactos los que fueron
antes naturalmente familiares. Y así no vamos a ninguna parte: no a
casa, no como seres humanos. No hacia un nosotros cada vez más
amplio sin excluir a nadie en el que quepamos todos y todas.
La familiaridad y buena
compañía es por sí misma la excelencia de la vida , una pasada.
Hace unos días estaba sentado en mi huerto después de darme un baño
en la piscina, leyendo un libro debajo de la higuera, con los pies
en tierra donde crecía la hierba como los árboles en silencio.
Cantaban los pájaros, supongo, aunque no lo recuerdo pero seguro
como lo es que entonces lucía el sol a mediodía. “Ser y
tiempo” era el libro. Y fue entonces cuando sentí cosquillas
en mi pierna derecha, cerré el libro, abrí los ojos en realidad de
verdad y apareció ésta de cuerpo presente con una flor en la mano o
espiga – puede que fuera una espiga, pues me picaba- que me decía:
“Yayo,yayo, mira”. Era Estrella, que ese es su nombre. Y con
ella, con su palabra, dejé en silencio a Heidegger y me puse a
hablar con mi sobrina biznieta y a mirar lo que me enseñaba.
Fue una experiencia
inolvidable. El colmo y la gracia que rebasa la experiencia de un
viejo. Algo que deseo compartir con todos mis amigos y mis lectores,
un saber que sabe mejor que todo lo que sé y que ofrezco a todos
para que aprueben y prueben lo mismo en su vida. Que no ha de
faltarles ocasión , que niños y niñas los hay para los viejos y
viejas con tal de que sepan serlo y comportarse como yayos y yayas
sin espantar a las criaturas como si fueran moscas.
Hace tiempo, dos o tres
años, estando sentado en el parque que tengo cerca de casa haciendo
la bicicleta, se me acercó una mocosa de unos cuatro años que
quería hacer lo mismo y me preguntó -¡oye! - si yo no iba a la
escuela. Y sin esperar respuesta me dijo jubilosa: “¡Yo hoy no voy
a la escuela!”, que era por supuesto lo que quería decir a un
viejo para que se enterara todo el mundo.
La familiaridad
espontánea de los más pequeños, de los niños y las niñas
inocentes, es un tesoro y un regalo para los viejos. En ese encuentro
de los extremos anida hoy el futuro de toda la humanidad.
José Bada
20-8-2019
sábado, 17 de agosto de 2019
Mera información
PALABRA VIVA
Son muchos los que
celebran que toda la información deseada esté en la nube al alcance
de cualquiera con sólo una pregunta a Siri o un clic después de
pedir respuesta por escrito a quien corresponda . Me refiero a
todos los temas cuya información se ha depositado antes -por
supuesto, en letra muerta -en archivos y bibliotecas, esperando que
alguien la resucite para su provecho ya sea acercándose a la vieja
usanza al cementerio donde reposa o -lo más probable- sin dar un
solo paso: virtualmente, accediendo a ella que anda por ahí perdida
y desprendida en la red o por las nubes.
Pero una cosa son los
temas sobre los que se habla y la información general que precisa la
gente y otro los problemas que tenemos las personas con los pies en
tierra en situaciones dadas. Y otra los contactos que tampoco son
como los compañeros con quienes se comparte el pan y la palabra en
el mundo de la vida, donde estamos y nos encontramos: existimos
realmente, y nos encontramos virtuosamente si queremos y nos
queremos. Sin andar por ahí enredados y enredando,
entretenidos muchas
veces, comprometidos menos y existiendo apenas realmente como
personas. Más informados que formados como personas humanas.
Rodeado de libros en mi
despacho me pregunto para qué los quiero y qué va a ser de ellos en
el futuro. ¿Irán a parar a la fosa común como los cuerpos que se
pudren, una vez salvada la información que contienen como el alma
que va a los cielos? Pero el problema no es ese salvo para los
libreros. No para mí, que todavía los leo y no los vendo. Y hasta
escribo y publico alguno, que vender es otra cosa.
El problema humano que
nos afecta a todos es otro. Yo le llamaría la pérdida de la
palabra cabal, que es el diálogo y la conversación. Porque las
personas nos entendemos hablando, nos atendemos y nos encontramos:
nos realizamos como personas entre nosotros y con nosotros. En
presencia, y sin remedos. No enredando y enredados, conectados y
encerrados como nudos. Sino abiertos y abrazados, cogiendo la mano
que se ofrece y el cuerpo que se entrega. Como la palabra que se oye
sin cera o tapones en los oídos y se escucha sin perjuicios en la
mente. Que no se traga ni consume, que discurre entre nosotros como
el hilo que nos cose. Que va y viene entre dos bandas, en zigzag La
palabra viva no es un medio para hacer algo, un instrumento, es el
medio en el que nos hacemos y vivimos. Su pérdida nos aburre y
embrutece. Nos sitúa no ya entre los animales sino por debajo de
ellos. Somos burros por nuestra culpa. Nada que ver con Platero, que
era inocente como todos saben.
Y ese problema, la
palabra relegada, no puede quedar en tema. No desde luego en un
tema más para un artículo como tantos otros y peor que otros -sin
lugar a duda- que puedes encontrar en la nube sobre el mismo asunto.
No está escrito éste para dar que hablar sobre algo. No ha sido esa
mi intención, aunque en eso puede quedar si tu mismo no lo piensas y
otros como tú no se deciden a asumirlo como problema y a resolverlo
en su mundo con los suyos, en el mundo de su vida, fomentando el
encuentro por la palabra y en la palabra. Que eso es - hablando mal -
una pasada: la ¡hostia! - y hablando bien o para entendernos mejor:
como la primera comunión.
Pero lamentablemente la
sociedad de la información ha relegado lo que sigue siendo el futuro
de la humanidad: la comunicación viva, artesana y ecológica -de
cercanía-la conversación y convivencia con los vecinos, y ha
optado por la información virtual de todos y para todos los
individuos que la consumen. Y eso es una maldición que suena como
aquella que dice: ¡Con su pan se lo coma! Que es lo que merece el
que pasa de los demás y va a lo suyo encerrado como un caracol y
proyectado como una bala perdida.
Daría por bien empleado
mi tiempo, si el tuyo fuera lo que deseo para todos mis lectores.
Un pretexto para compartir algo más que una opinión con tus
compañeros. No un simple comentario. Sino un diálogo, una
conversación entre vosotros. Un pretexto para vuestra palabra y
vuestra vida. Aunque seguramente -sin duda alguna- tendréis otros
problemas más importantes de que ocuparos y algunos temas para
entreteneros mejor este verano.
José Bada
8-9-2019
miércoles, 31 de julio de 2019
NO SEAMOS "IDIOTAS"
EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA
Acaba de cumplir noventa
años cuando esto escribo a orillas del Ebro, en Zaragoza, llegado a
casa del huerto para hacerlo aquí lo mejor que sepa y él sin duda
merece. Nació en Düsseldorf,
el 18 de junio del año 1929. Comparto algunos recuerdos, la edad,
maestros y esperanzas en curso. Y tengo sobre la mesa su obra
preferida o más conocida, al menos, en traducción castellana:
Teoría
de la acción comunicativa,
editada en dos volúmenes por Taurus Ediones S.A. en1987.No dudo en
absoluto que muchos de mis lectores saben ya a quien me refiero, pero
nunca está de sobras mencionar su nombre. Estoy hablando de
Jürgen Habermas, colaborador de Adorno en el Instituto de
Investigación Social de Frankfurt y principal representante de la
segunda generación de la llamada Teoría Crítica en Alemania.
Es
sin duda uno de los pensadores que ha contribuido más a
fundamentar racionalmente la democracia, mostrando las condiciones
que hacen posible la acción comunicativa orientada al
entendimiento en ese campo y en general en cualquier otro mediante el
diálogo. Porque los hombres se entienden hablando si quieren y , si
no, se muerden hasta matarse como animales. Peor aún, como sólo
pueden hacerlo los humanos abusando de la razón instrumental. Sea
ésta la ciencia pura y dura con la que dominamos la naturaleza, la
mentira “eficaz” que corrompe la palabra y la convivencia humana
o la estrategia que hace la guerra y no el amor. De modo que la boca
que sirve para comer y compartir el pan y la palabra - para besar
incluso- asociada a las manos sólo sabe hacer ya cosas y
deshacerlas según le peta que viene a ser lo mismo.
La
acción comunicativa orientada al entendimiento no ha lugar fuera
del mundo de la vida ni es éste en su totalidad objeto puesto en
cuestión. No es sobre ese mundo sobre el que se habla en la acción
comunicativa sino sólo en ese mundo sobre aquello que emerge como
problema para los participantes que lo habitan. Nadie puede salir del
mundo en el que vive y seguir viviendo, es como el río en que nos
mojamos y nadamos. Pero entonces, cuando llega el caso, se saca la
cabeza para seguir flotando sin salir del agua. Es entonces y en
ese mundo - en el nuestro- donde tenemos que entendernos hablando
como personas si no queremos ahogarnos como animales irracionales.
Las
condiciones de posibilidad de la acción comunicativa son todas y
sólo las necesarias para llegar a un entendimiento entre personas
responsables que se respeten. Por supuesto la libertad de pensamiento
y de expresión, la obligación de escuchar a todos, el uso correcto
de la lengua y el lenguaje, la argumentación razonada y razonable.
La atención debida. Todo lo que, por desgracia, se lleva menos en
el mercado donde solo se vende o se va de compra. También en el
mercado político, donde los políticos ofrecen lo que desean sus
clientes a cambio del voto. Y éstos, a cara tapada, piensan en lo
suyo cuando les dan el voto. El resultado no es el gobierno del
pueblo por el pueblo, sino el gobierno de los gobernantes elegidos
por su clientela. Por una mayoría, que sin duda hay que acatar, sin
que esto la haga razonable. Los demócratas acatan la mayoría, por
supuesto; pero la mayoría de los ciudadanos va a lo suyo y los
políticos también. Pero sin demócratas no hay democracia, lo
mismo que no hay iglesia si no hay fieles. Ni pueblo sin bien común,
o cosa pública: la república.
Con
los años se ha consolidado en España un régimen democrático que
lo es como cualquier otro. Y por desgracia con unos ciudadanos que
también apenas o peor educados como demócratas que en otras
naciones europeas. Eso es lo que se echa en falta. No electores, sino
demócratas practicantes. Es esa carencia - lo que queda del
franquismo como peor herencia- lo que debería preocuparnos. Hay una
fanatismo sordo en ambos extremos y una indiferencia pasota que nada
tiene que ver con la tolerancia. Una incapacidad para el diálogo y
la acción comunicativa. Y un sistema escolar que escolariza, pero
no educa. Que prepara apenas para encontrar trabajo, sin formar a los
ciudadanos como si no lo fueran. Como si no tuvieran el deber y el
derecho de participar en la política que nos concierne y compromete
a todos.
Los
atenienses llamaban “idiotas “ a cuantos ciudadanos no
participaban en la política y se dedicaban sólo a su negocio. El
tener un título y un máster o dos, no capacita a los ciudadanos
para hacer la política que España necesita. Y en eso se quedan los
jóvenes, sin trabajo muchos y demasiados “idiotas” que pasan de
los partidos. Si descontamos una escasa minoría que hacen de ella
una profesión, eso es todo. Apenas nada. Y lo poco que hay , la
profesión, puede que sea lo peor de todo.
José
Bada
20-6-2019
SIN CERA Y FRANCAMENTE
SALVAR LAS DIFERENCIAS
A cualquiera que
no tenga cera en los oídos o tapones que no le dejen oír ni
prejuicios en la mente que le impidan escuchar, uno que no tenga
pelos en la lengua para poder hablar puede decirle sincera y
francamente en cualquier situación que las personas se entienden
hablando e invitarle al diálogo para resolver un conflicto que haya
surgido por lo que sea entre ambos por cualquier motivo. Una persona
no es en absoluto como una cosa ahí muda y encerrada: una “res
cogitans” que dijo el filósofo, ni tan siquiera una oveja cojita
-lisiada o no- que bala pero no habla: un borrego, vamos. Sino un
animal racional que piensa, come normalmente con su boca como los
animales sin tragarse las palabras -que se escuchan- y dice lo que
piensa y a veces lo que menos se piensa sin pensarlo dos veces. Por
eso no se aburren, porque no comen pienso ni aburren a los demás
si piensan bien lo que dicen.
Pues bien, estoy
convencido -oye- de que nosotros podemos y debemos entendernos todos hablando los unos con los
otros sin gritar ni mordernos como bestias. Y es por eso que lamento
que el grito, la amenaza o el reclamo ahuyenten la competencia leal,
crispen la conversación y nos lleven a la polémica desagradable en
una sociedad donde se hacen valer como en la plaza del mercado los
bulos y las bolas de cada quien. Donde se esgrime la palabra en la
vida pública como un arma y se hace de la política y de los
políticos - ciudadanos todos, representantes y representados
incluidos- individuos que van a votar como fieles no practicantes
que van a misa. Sin advertir que no hay democracia real sin
demócratas, ni demócratas sin un pueblo que crea en el bien común.
Que no es el bien de cada cual o de todos juntos como el pienso de
los cerdos en una granja - que gruñen a la vez, sólo eso- sino
como el pan que se comparte entre compañeros. Que eso es una pasada,
como el amor libre y la convivencia solidaria; vamos, ¡la hostia!
O la comunión, que suena mejor y sabe igual de bien. Dígase lo que
se diga, el bien común no es una suma. Ni es la mayoría de los
electores satisfechos quien lo representa, que esa es la clientela y
lo que consumen una mercancía.
La libertad, la
convivencia, la palabra y el pan que da la vida y que se se comparte,
el camino que llevamos las personas y la vianda: el nosotros cada vez
más amplio y sin exclusiones, la deferencia entre las personas
libres y responsables, la dignidad de cada quién se salva si
salvamos para todos las diferencias. El otro, lejos de ser un
obstáculo, es un atajo para llegar al enteramente Orto si lo hay
para todos nosotros: a la casa común. El problema -el escándalo- es
entonces el fanatismo que corrompe la fe y la convierte en mera fe.
En fe en la fe y, por tanto, en cualquier fe. En una fe sin duda
alguna, ni Misterio o Dios que la sustente. Ni Verdad que se busque.
Los fanáticos se agarran a un clavo ardiendo con tal de no caerse.
Los fanáticos de acá o de Alá no se toleran, son la cara y la
cruz de la misma moneda. Hay también un ateísmo sin duda alguna,
que ¿cree? demasiado y es tan intolerante como cualquier otro.
Pero la tolerancia no tiene que ver nada en absoluto con la
indiferencia de los pasotas. Y mucho con la atención a los otros y
la búsqueda con los otros de la Verdad para todos, que es muy
señora. Por eso hay que salvar las diferencias y respetarlas, porque
estamos en camino con un pie en tierra y otro en el aire. Y no ha
lugar para quedarse en el camino. Que eso es caer en un agujero, muy
bajo, o pudrirse al margen donde también uno se pudre.
30 -7-2019
José Bada
lunes, 22 de julio de 2019
SALIDA
NO HAY SALIDA SIN APERTURA
¿Qué es la vida humana? La vida va
siendo, es lo que hacemos y lo que nos pasa. Es la flor que se abre y
la herida que nos duele. Crece como la siembra y se pudre cuando sólo
se entierra. Es una pregunta abierta, y queda en nada cuando se
cierra. Es como una bandera alzada cuando tremola y como un pañuelo
cuando uno piensa que la tiene ya bien guardada en su bolsillo. Nada
que ver con una pregunta retórica: no es preguntar por preguntar, no
es una pose, una posición y menos una propiedad privada. Es la
pregunta necesaria. Es saber y no saber y, por tanto, preguntar a
sabiendas: responsablemente. Es el problema que somos y nos
concierne, en el que nos va la vida. La verdad de la vida es la que
se busca y la pregunta su anticipo: el sentido. Si ésta es el
camino, aquella es la casa. Que no hay lo uno sin lo otro; ni casa
sin puerta, ni camino sin casa.
La vida es el niño que nace y la
fuente que mana, es el dolor y el sudor, el paso y el peso, la
esperanza y la paciencia, la carga y el encargo. El trabajo y el ocio
creativo, la fiesta y el negocio. Es el otro que reclama asistencia
y quien la ofrece. Es el compañero y, a veces, competidor y hasta
puede que adversario. Es lo bueno y lo malo, y nada que lo sea en
absoluto. Vivir humanamente es vivir aquí, en cada situación y
salir adelante en este mundo mediocre donde los extremos se tocan y
a veces se confunden.
Vivir humanamente es compartir el pan
y la vianda, la palabra y la convivencia. Nada que pueda hacerse como
individuo, como uno de tantos de la misma especie. Como animales que
gruñen a la vez pero sólo cada uno por su pienso. Sino como
iguales en dignidad y diferente, irrepetible, cada quien como persona
en todo caso.
Vivir humanamente es vivir en camino
hacia los otros y ,con los otros, al Otro de todos si lo hay para
nosotros que nunca se sabe. Es creer. No saber hacer cualquier cosa,
que eso es poder y lo que puede la ciencia ya se sabe; sino
comprender acaso y adivinar sabiendo – probando hasta saber cómo
sabe la vida. El sabor del saber, guste o no guste, es lo que
importa para creer e incluso para no creer, que son la cara y la cruz
de la misma moneda. Creyentes y no creyentes o ateos, ya den la
cara o la espalda, toman en serio su vida. Solo los indiferentes
que preguntan por preguntar están al margen de la vida - como
Vicente que va donde va la gente – o de la vida que se hace
siempre personalmente o se deja por hacer al margen de cualquier
modo.
En una sociedad de eventos y
figurantes donde se consume la historia que no se hace, donde hasta
la sábana santa de Jesús se guarda como una reliquia, y donde se
arría la pregunta que somos y sirve a lo más para sonarnos como
un pañuelo, lo que urge es la presencia y no las representaciones
que no van a ninguna parte. Es ponerse en camino, no sentar plaza y
sentar el cuerpo para ver lo que se ofrece sin ir a ninguna parte.
Mantener en alto la pregunta no es
volver a las andadas, a un pasado de intolerancia entre fanatismos
irreconciliables que estén a matar. Es caminar hacia delante,
abiertos en la pregunta y por la pegunta que somos, ampliando el
horizonte, alargando la vista y con con los ojos abiertos para que
se haga la luz. Sin cera en los oídos ni tapones, sin prejuicios
en la mente que no dejan escuchar. Responsablemente, sinceramente. Y
sin pelos en la lengua que no nos dejen hablar. Francamente y sin
fronteras. Que hablando se entienden las personas. Pero no
predicando, sino con los pies en tierra y la pregunta ….en el aire
que respiramos. Que ese es el espíritu que sopla dondequiera y que
buena falta nos hace.
José Rada
16-7-2019
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