domingo, 3 de febrero de 2019

LOS OTROS FEMINISTAS


FEMINISMO HUMANISTA


Los carnavales que se celebran todos los años por estas fechas podrían y deberían ser una propuesta razonable de cambio para el futuro, una provocación saludable y una invitación a hacer historia entrando en ella con determinación. Pero están muy lejos de serlo.

Nuestro lugar en el mundo no está en el espacio ni en la naturaleza, porque no es tal propiamente hablando sino una situación que cambia con el tiempo a la vez que pasa la vida, la historia y el mundo que vamos haciendo. Más allá de la naturaleza que permanece de suyo, del puro instinto de los animales que sigue y se repite naturalmente y del peso de la costumbre que imita o remeda ese instinto en las culturas tradicionales, discurre la vida y la historia en la que hay que mojarse si queremos crecer y madurar como personas humanas.

Sin embargo los carnavales son de hecho la excepción que confirma la regla. Fueron y siguen siendo la licencia que puede permitirse el orden establecido antes de confirmar y para confirmar -la Iglesia- el rigor de la penitencia y los señores de este mundo -del suyo – la estabilidad del sistema. Algo así como las rebajas de enero que se permite la nueva religión del consumo para aumentar y fidelizar a sus clientes. Cuando la excepción es la zanahoria, el palo sigue siendo la regla.

El sentido progresista de los carnavales, lo que podrían y deberían ser, es muy distinto del que tienen de hecho. Los carnavales podrían y deberían ser nada más y nada menos que una celebración de la libertad responsable para comenzar: no para seguir o volver a las andadas sino para comenzar y e intervenir en la historia. Nada que ver, por lo tanto, con eventos, recreaciones y productos de consumo para turistas de ida y vuelta. Ni con Vicente que va donde va la gente. Y en general con el negocio y su contrario: el ocio de los clientes. Que son tal para cual: un círculo vicioso de no te menees.

El sentido profundo de los carnavales -el sentido de carga contra la banalidad del sistema- no depende de que podamos comernos la rosca una vez más aunque nos toque la suerte como al “rey de la faba” en la fiesta de los locos. Sin embargo él se lo creía - ¡el “tontolhaba”! - sin reparar que lo era por un día. Como el ”obispillo” en las catedrales, que en su día se sentaba y se sentía como el Ordinario en su cátedra. Ni tan siquiera de que el día de Santa Águeda manden las mujeres con dos tetas en los pueblos, que se les permita tocar las campanas como hacían en el mío y hasta las “partes” - las suyas - como le hicieron a un gitano unas “águedas vacantes” en un pueblo  vecino. Lo que llamaban entonces “salar la sardina” en manada, y es justo lo que cualquiera puede imaginar.

Santa Águeda vivió en Catania (Sicilia) en el siglo III y murió -según se cuenta en La leyenda dorada - en la persecuciones decretadas contra los cristianos por el emperador Decio. Águeda fue una mujer “buena” en todos los sentidos como indica su nombre: no sólo virgen y mártir, aunque también. Justamente por eso -es decir, por aquello- atrajo con fuerza la voluptuosidad de un tal Quintianus que era procónsul y tan poderoso, el hombre, como rufián. Quiso hacerla suya y , como no pudo, esto le llevó a maltratarla primero y a encerrarla en un lupanar; después le cortó las tetas, el muy bruto, y la persiguió como cristiana hasta el martirio. Con eso y por eso Santa Águeda subió a los altares como virgen y mártir. Pasando a ser sus atributos símbolo de su bondad, modelo para las “tetas” que se comen en su fiesta hasta lamernos las manos y escudo de feministas que no se chupan el dedo.
La fiesta de Santa Águeda y de las “águedas” viene al caso de una denuncia pertinente y repetida por desgracia muchas veces hasta el día de hoy cuando esto escribo. Me refiero a la joven de 17 años degollada en Reus por su pareja. Es ya la sexta víctima en lo que va de año en toda España. Me refiero a la violencia machista. Que la violencia en general o de género , no es el caso. Las víctimas por antonomasia son mujeres, y machistas los asesinos.

Por eso la denuncia y el arrebato en el que quiero participar me concierne más, si cabe. Y mi lucha es por un feminismo humanista contra un machismo asesino. Defender a las mujeres contra una violencia machista es defenderlas como personas, iguales a los hombres en dignidad. Es dar la cara por la humanidad que nos afecta a todas y todos no obstante las diferencias que hay que salvar entre todos y todas en beneficio de la humanidad entera. En este sentido -y esto es una decisión estratégica- somos muchos aunque no suficientes quienes nos declaramos feministas sin ser afeminados. Ese es mi caso y mi causa, la de ellas y la de todas las personas que quieran serlo. Es lo que quiero y deseo para todo el mundo. Un feminismo militante de marimachos es una contradicción, tiene infiltrado en sus filas al enemigo. Lo urgente y necesario es reclutar a personas cualquiera que sea su sexo, da igual, siempre que sean personas cabales: humanas y humanistas. Y por tanto capaces de entender una buena causa, como es el feminismo en la actual situación contra el machismo que embrutece y nos degrada.
De la misma manera que no hay Yo sin Tú, no hay humanidad que valga sin vosotras y nosotros. Y es en esa relación, en el encuentro, donde somos personas en pie de igualdad. Eso sí, salvando las diferencias para la humanidad entera.

José Bada
30-1-2019


miércoles, 23 de enero de 2019

DESPEGAR DE LA TIERRA


CONSUMO Y CONCENTRACIÓN URBANA


Ayer estuvo mi hermana en Zaragoza y se llevó a Sástago -donde vive- comida más que suficiente para una semana. Dice que en la ciudad es todo más barato que en el pueblo. Está convencida de lo que dice y actúa en consecuencia. Si es cierto lo que afirma -y eso parece - habrá que decir también que el consumo masivo de alimentos contribuye a la concentración urbana y a la despoblación.

Antes recordaba ella y recuerdo yo que en mi pueblo había un recadero, o recadera. No para traer cebollas o borrajas, sino un reloj despertador por ejemplo o unas agujas para hacer calceta las mujeres por decir algo. Pero no “borraines” que decimos en Favara, ¡por favor!. Que esas, de no tenerlas en el propio huerto estaban a pedir de boca en el del vecino. Y eran todas iguales que las borrajas que se vendían en Zaragoza y , por supuesto, mejores y más baratas que las que se venden hoy todavía aquí y se cultivan allí Dios sabe donde y no quienes las consumimos.

En todos los pueblos de la ribera del Ebro, como puede comprobar cualquiera -a la vista está- no se cultiva hortaliza para casa sino alfalfa para los camellos de Arabia. A cualquiera que baje de Zaragoza hasta la playa por la ribera le apuesto lo que quiera que no ha de ver una sola borraja en la huerta ni hortelano que la cultive. Y si ve un campo de panizo lo mismo.
Seguro que no pensará en las gallinas del corral de su casa – ni se acordará si es que la tuvo de niño en un pueblo- sino acaso en los cerdos....de la granja y en los chinos que los comen. Nada que ver con la matancía casera y el mondongo que se hacía antes en los pueblos y hoy recrean en ellos los figurantes.


Vivimos en un mundo en el que la población humana sobre la Tierra aumenta y se concentra en grandes ciudades. Ya las hay de de cuarenta millones de habitantes, ¿se lo imaginan? Yo tampoco.
A este ritmo pasará con los terrícolas humanos lo que ha pasado
con las ovejas, que ya no se ven pastando en el campo sino encerradas en corrales y parideras. Y con los cerdos, no digamos. Antes en cada casa había uno o dos para el consumo doméstico, hoy hay en una sola granja más de mil para vender al mejor postor. Que no hay pastores sino postores y ganaderos.

Lo que da de sí una explicación de este fenómeno de la urbanización planetaria desde la economía es eso. Pero lo que se gana con ello tiene un precio, y es más lo que se pierde desde otra perspectiva humana. La ciudad nos hace libres, se dijo. Cierto, que en los pueblos nos conocemos todos. Pero la relajación de los vínculos de la comunidad en las ciudades o su transformación en sociedad por el mercado – como ya dijo Max Weber- se paga con un individualismo salvaje y la pérdida de los vecinos que son como si no fueran con los pies en tierra o de otro planeta aunque tengan el cuerpo en la misma planta de la misma casa en que habitamos.

No sólo se ha perdido el contacto con la tierra, el buen ambiente y el aire no contaminado, la comida sana con productos de cercanía, la autonomía que daba vivir del trabajo autónomo , sino también la tradición compartida y los vecinos. Las relaciones personales en suma, desplazadas hoy por los contactos en red que nos enredan y enredamos. Y las fiestas inolvidables de los pueblos que se compartían antes como el pan y la sal de la vida, y hoy se venden como un producto más a los turistas. O como el fuego, que se pedía y se daba antes en los pueblos como la levadura para amasar en casa.

Este despegue o “des-terraje”, esta “des-humanización”: el barro que viene de aquellos polvos, es tan bruta como sucia la concentración de animales en las granjas. Donde se engorda más fácilmente y con menos costes...para el ganadero. Pero lo lamentable no es que mi hermana compre en la ciudad o vengan a vivir a Zaragoza todos los que pueden. Que eso se comprende y es razonable en estos tiempos con esta situación. Lo lamentable es que en Aragón y en todo el mundo -incluso en los pueblos que quedan- se imite el modo de vivir en las ciudades. Que la gente se tumbe en el sofá ante el televisor sin bajar a la calle a sentarse con los vecinos y los padres lleven y traigan en coche a sus hijos de la escuela. Y que la vida -encerrada- vaya sobre ruedas así en los pueblos como en las ciudades. Deprisa o encapsulada como una bala. Sin parar ni reparar en nadie. Y esto, que no comprendo, me lo explico. Y me parece lamentable.


18.1.2019
José Bada


































miércoles, 9 de enero de 2019

VERSO SUELTO


LOS "CHALECOS AMARILLOS"

       El buen pastor que da la vida por sus ovejas sólo existe en el Evangelio, y a ese lo mataron. Lo que hay en este mundo son ganaderos que viven de sus ovejas, y muchas ovejas o cerdos en las granjas donde les dan de comer. Saliendo de la metáfora y con los pies en tierra, lo que vemos en realidad de verdad son, por ejemplo, los "chalecos amarillos"; y pensando en nosotros sin ir más lejos, una imagen aproximada de lo que somos: de la gente en general o del pueblo del que formamos parte. Como ha dicho recientemente uno de tantos participantes de esa movida: “Los franceses no quieren migajas, quieren la baguette  entera”. Y como no se la dan salen a la calle a parar el tráfico pidiendo cada uno lo suyo; eso sí, para hacer más ruido con su tambor o con su bola: para que se note su malestar y lo que le duele. Es este un movimiento sin estructura ni ideología, sin líderes y contra todos los líderes sobre todo de los partidos políticos. Sin pastores y muchas ovejas o cabras, que están cabreados los que se tiran al monte o salen a la calle. No es solidaridad o compasión lo que se lleva. Convocados en las redes sociales, concitados por ellos mismos, se quejan juntos para exigir cada uno lo que piensa o el pienso que necesita . No para acabar con el hambre en el mundo. Sino como los cerdos de una granja que gruñen hasta que cada uno se calma cuando le echa de comer el ganadero. Sin pensar, el muy cerdo, en el hambre de los otros que siguen gruñendo. ¡Sin compasión!

martes, 8 de enero de 2019

EN CAMINO HACIA LA PAZ



LA ESTRELLA QUE NOS GUÍA


El uno de enero ha celebrado la Iglesia la Jornada Mundial de la Paz. El Papa ha publicado su mensaje “urbi et orbi” para la ocasión invocando “la buena política al servicio de la paz”. Desear a todo el mundo aquella paz que está por ver y por venir es lo que toca al comenzar el año. Pero una cosa es el deseo, que no cuesta nada, y otro el esfuerzo para hacer las paces. Aunque sea verdad que hablando se entienden los hombres y que a gritos y a golpes se matan callando.

La buena política se hace en efecto para la paz cuando se habla para entenderse. No para vencer sino para convencer y convencerse. Con el diálogo, que es la palabra cabal o bien nacida: ni tuya ni mía, sino entre los dos como el pan que se comparte en el camino. Y el único medio entre personas a la altura de su dignidad. No el arma, sino el medio en el que nos encontramos. Ni el remedo, que eso es la polémica y la negociación acaso donde se impone a fin de cuentas el más fuerte o el más hábil. Pero un político es bueno en realidad de verdad cuando contribuye con otros haciendo las paces para que llegue la paz. Cuando es capaz de sentarse con todos en la misma mesa y hablar de todo para llegar sobre todo a una paz compartida entre todos sin excluir a nadie. De lo contrario, si todo queda en palabras, el político que las tiene no pasará de ser un tertuliano que se sienta con otros para vivir del cuento. A falta de pan buenas son tortas para los otros; es decir, para el pueblo que las padece mientras los malos políticos se comen el bollo y se chupan los dedos.

Para hacer las paces - que no la Paz, que hay que buscarla siempre - hace falta también una estrategia con los pies en tierra. Abrirse al otro, a los otros, y hacer la historia en vez de contarla o vivir de ella: poner el pasado al servicio del futuro y sacar adelante la experiencia: poner a prueba la esperanza, que trabaje. Paso a paso: con un pie en tierra y otro en el aire. Dejando atrás los errores, de fijo, y probando el sentido de la marcha pisando con determinación. Viviendo en compañía y compartiendo la vianda a la par que el camino que llevamos y nos lleva a la casa de todos nosotros. Celebrando en cada encuentro un anticipo de la Paz, que son las paces ¡Nada más y nada menos! O el camino que va, la paz en carne mortal que se acoge y recoge en la Paz que está por ver y por venir después de todo. Y los otros - el prójimo- un anticipo del Otro si lo hay para todos nosotros pues nunca se sabe. Ya se verá. Y si no, ha valido la pena. Eso pienso y eso creo.

Una política realista tiene que ver con el poder... La realidad es la que es y, para cambiarla, hay que conocerla primero. No vivimos en el mejor de los mundos posibles y la buena política es para mejorarlo. No para lamentar lo que hay ni desear solamente la Paz sin hacer las paces con las manos en la masa. No solo con la mano tendida y el corazón abierto, sino también con el poder legítimo contra la violencia bruta cuando sea necesario. Que el poder no se detiene con palabras. Los buenos políticos no ponen la otra mejilla, como los santos para ir al cielo. Los buenos políticos responden de la paz en la tierra, no solo de su alma, y no pueden permitirse seguir ese consejo cuando está en juego la paz de otros. Dejarían de ser buenos políticos y , en su caso, personas buenas y responsables.

Vivir dentro de un orden es lo menos que se puede . Y por tanto, vivir todos bajo la misma ley. Pero puesta la ley, puesta la trampa. Lo que justifica, contra los tramposos, el poder legítimo que haga valer la ley para la paz. Un orden perfecto, efectivamente justo, es en la práctica imposible dada la condición humana. Con estos mimbres - y no hay otros- no es posible otra cesta que una democracia imperfecta hecha con demócratas más o menos perfectos. Que todos seamos iguales bajo la misma ley, sin excepciones, y que la pague quien sea cuando la hace del rey abajo depende del pueblo soberano; es decir, de todos los ciudadanos en principio y más de los que más pueden. O de la mayoría. Porque en definitiva vivir dentro de un orden establecido depende del poder que lo establece. Pero el poder, de suyo, no tiene límites: hace todo lo que puede hasta que es limitado por otro. Por tanto la mejor democracia, para ser más perfecta, debería ser más igual en el reparto del poder entre los miembros del pueblo soberano. Pero esto sólo es posible en la medida en que aspiremos todos a superar lo menos que podemos pedir: un orden efectivo bajo la misma ley.
Lo más que podemos desear, el colmo, no es vivir bajo la misma ley. Sino por encima de la ley, desde la libertad. Mírese como se mire el amor es la perfección de la justicia, y más allá de la igualdad está por ver y por venir la fraternidad. O la Paz que ya no está en nuestras manos, pero no hay que perder de vista como la estrella que nos guía.


José Bada
3-1-2019


sábado, 22 de diciembre de 2018

LA NUEVA RELIGIÓN


El PESEBRE
El Ayuntamiento de Barcelona “ha montado un belén”, instalando un pesebre en la plaza de Sant Jaume sin la presencia visible de las figuras del Nacimiento. Al sugerir apenas la presencia del Niño, la Virgen y San José en unas sillas vacías, se hace más notable su ausencia. Y sin la mula y el buey, lo que queda a la vista no es un pesebre sino una mesa dispuesta para los invitados. Por otra parte sin ángeles ni pastores el anuncio está cantado: no es la paz en la tierra a los hombres de buena voluntad y la gloria a Dios en las alturas. Es acaso el buen rollo en casa y entre los comensales lo que se desea. ¿Y qué decir del “caganer”? Pues eso, que se nota su presencia en el deje de la obra o en lo que deja el personaje. Más que un belén laico como se ha dicho -habría que verlo, yo hablo sólo de oídas- me parece una alternativa laicista para celebrar un evento de “no te lo pierdas”.
Sea lo que fuere, el belén ya está montado. Y con eso y por eso el escándalo, la polémica y el grito. Pero me temo que apenas la reflexión y la palabra compartida que es el diálogo. Como si la boca que sirve para callar y también para hablar, sirviera solo para comer y a veces para morder. Dejando lo segundo y lo tercero que sería gritar, prefiero pensar en silencio y decir lo que pienso a propósito del caso. Hay quienes han calificado de un “bodrio” el dichoso belén y se han despachado así – despreciando la “sopa boba”- de la ocurrencia de Ada Colau. “Desde la Iglesia – ha respondido el Arzobispado de Barcelona - somos partidarios de hacer belenes que puedan ser disfrutados y entendidos por todos, especialmente por los más pequeños. Es el caso del pesebre que se puede visitar en el claustro de la catedral, a 200 metros de la plaza de Sant Jaume". Otros han valorado que se recupere con iniciativas semejantes la celebración pagana de los solsticios de invierno. Por mi parte confieso que me interesa más la historia que los ciclos de la naturaleza. Y más el mundo que hacemos y la vida que llevamos que las estaciones del año.
La anécdota de ese pesebre nos remite al contexto de un mundo que fue cristiano y que lo es cada vez menos. A un pueblo que hizo la historia y ahora la consume, que toca el bombo de Pascuas a Ramos cuando le conviene. Con santos o sin ellos, ¡qué más da! Lo mismo en una procesión que en una manifestación, a pedir de boca de los turistas y para los turistas, en la plaza o en la iglesia, o como los hinchas en el campo de fútbol. Porque importa sólo el recurso: lo que se cotiza y vende, lo que se consume.
Y lo mismo en Navidad. No es el Niño. Son los niños, la familia, los amigos, la comida de empresa, las luces en las calles, el árbol y los regalos, la cesta, la campaña, las rebajas, el Papá Noel y los Reyes Magos al servicio del mercado igual que los padres que suelen ser los paganos que más pagan. Ese es el tema del que se habla. Y el problema que se padece es el consumo que las mata callando y consume a los consumidores. Ya no es la tradición en la que se vive y a la que se da vida, es la tradición consumida y sacrificada al consumo de todo lo que se ofrece. El consumismo es un derivado de la religión malentendida, un rito o rutina que calma como el opio a los individuos y satisface de momento el hambre individual. Un paliativo de la angustia que padecemos. La propaganda de la fe ha sido desplazada por la publicidad, y el pan bendito sustituido por los productos que se expenden en las catedrales del consumo donde no falta nada para el cliente que pueda pagarlo.
En este belén o pesebre que se monta en nuestro mundo con el mercado no hay pastores que den su vida por las ovejas. Lo que hay son “ganaderos”, como en las granjas . Y ovejas, muchas ovejas que engordan sin conocimiento. Que balan a la vez por su cuenta y calla cada una cuando le echan pienso. Sin compartir, sin participar: cada oveja a lo suyo. Sin compasión. Sin nada que las una salvo el hambre, que no el pan. Sin comulgar. Que no es el consumismo una religión para convivir sino para comer y engordar. La comunión de la comunidad, que persiste en compañía y es compatible con el silencio, ha sido desplazada ya por la comunicación permanente entre contactos y encuentros eventuales. El pecado de esta religión perversa es la causa de la “obesidad mórbida” en la que uno cae por su propio peso y se hunde solo en la miseria.
¡Felices pascuas y buen provecho, compañeros! Es lo que para todos como para mí deseo. Sin ironía y con mucha añoranza.
José Bada 20-12-2018

lunes, 17 de diciembre de 2018

¡NUNCA MÁS!



RECUERDOS PARA LA PAZ


         Pensar puedo hacerlo solo, pero bien pensado sólo a medias. Que pensar cabalmente es discurrir como el agua entre dos orillas: dialogar. Tengo un libro escrito hace años sin publicar, como agua embalsada que me ahoga en silencio. ¿Agua amarga? ¿O quizás retenida en el recuerdo como pichón de paloma mensajera? Pichón o paloma, no lo sé, voy a sacarlo del nido para salir de dudas y pensarlo mejor si hay respuesta.
         Soy un viejo que fue niño cuando la guerra civil en España, uno que no la hizo pero que la padeció como tantos otros de mi generación. Como María que ya murió y su hermano,que también. Ambos aparecen en la portada de mi libro. Ella tendría hoy 88 años como yo, y él era más pequeño. Cuando yo tenía seis me senté con María en el mismo pupitre de la escuela. Ella vestida de miliciana y yo de negro: pantalón corto con tirantes , calcetines negros y zapatos de charol. Yo huérfano de guerra, mataron los rojos a mi padre. Y ella hija de un sastre concejal republicano. Con el tiempo María se hizo catequista y murió como una beata hace poco, que en paz descanse. Yo en cambio me hice cura hasta que me deshice y me case con una santa que está en el cielo si lo hay para nosotros. Ahora sigo con los pies en tierra y un bastón en la mano que compré a los chinos. Símbolo,¡ay!, de la paciencia que es la esperanza envejecida.
      El libro se llama Recuerdos para la paz. Editado por la Fundación del Seminario de Investigación para la Paz (Zaragoza) y por la Comarca del Bajo Aragón/Caspe – Baix Aragò/Casp , está a punto de publicarse en la colección bilingüe La Mangrana de dicha Comarca que es donde se halla mi pueblo. Escrito hace años -como dije- le ha llegado la hora de salir. Me refiero al niño que fui: a mis recuerdos, llevado de la mano del viejo que soy. Su padre, y su hijo según se mire. El autor es en efecto el viejo que lo escribe y en cierto modo el hijo de Pepito: de él vengo y ése es mi antepasado. Pero al autor no le duelen los recuerdos, no como a Pepito. Y sabe muy bien que no es lo mismo el dolor de muelas que acordarse que a uno le dolieron las muelas.
        Escribo desde la distancia. Mas no como lo haría un historiador objetivo, imparcial: dejando hablar a los hechos por los documentos. Sino como testigo, dejando que hable el corazón en sus recuerdos. Sin olvidar , por otra parte, que éstos son ya una interpretación del pasado y el que recuerda su vida en cierto modo un historiador de sí mismo. Mientras que cualquier historiador, al interpretar los documentos de la historia que cuenta lo hace desde la vida que lleva. De suerte que hagamos lo que hagamos, hora recordemos como testigos o describamos los hechos como historiadores, nos movemos entre dos polos: la verdad vivida que interpretamos en los recuerdos y la verdad histórica a la que nos aproximamos desde la vida al interpretar los documentos.
         De todas formas -y eso es lo que importa- el pasado que fue está al servicio del presente y del futuro que puede ser todavía. La historia y el recuerdo no tienen otro sentido que aprender de los errores y aciertos del pasado, de la experiencia en suma que es todo lo que sacamos hacia delante del camino que se cierra por detrás. Lo que no es poco. Y un error tremendo dejar que los muertos entierren a los muertos. O actuar como dice el refrán: el muerto al hoyo y el vivo al bollo.
         No obstante confieso que publico este libro con perplejidad. Sin saber aún con certeza si hago bien o mal. Porque hay un silencio bueno y otro malo. Comprendo al que calla por respeto a las víctimas , y no entiendo al que calla porque las olvida. Me explico incluso que nadie responda ya sobre lo que pasó hace tanto tiempo: todos los muertos callan, sean víctimas o verdugos. Pero aunque no haya testigos o queden pocos , ni culpables en vida a los que interrogar , nunca entenderé que nadie haga preguntas. Soy un niño de la guerra y por eso escribo: para hacer preguntas y no sólo para contar lo que nunca olvidaré.
          Estoy convencido que las personas nos entendemos hablando....si queremos. Y si las personas no quieren entenderse porque no se quieren, entonces no se hablan. Pero si queremos entendernos y nos hablamos, entenderemos al menos que hay cosas que no acabamos de entender. La paz no supone el olvido de ninguna guerra, ni desentenderse de aquella o entender lo que pasó en España durante la guerra civil. Basta con entender y entendernos en el acuerdo de que no debe volver a pasar : ¡Nunca más!

          José Bada 12-12-2018

domingo, 2 de diciembre de 2018

FEMINISMO



¡Esta es la cuestión!


Las mujeres son la mitad de la humanidad, por lo menos. Pero la otra mitad , los hombres, no seríamos  humanos sin ellas. Y a la inversa. Una mujer es una persona, ni más ni menos que un hombre. Es eso, no el sexo, lo que nos une y nos distingue a los seres humanos de todos los animales. “Tú” y “yo” se dice igual de cada persona en castellano y puede que en todas las lenguas pase lo mismo, aunque lo ignoro. Tú no eres “ya” porque seas mujer, ni yo soy “to” para ti aunque sea un hombre. Somos tal para cual salvando las diferencias y la dignidad de ambos que es la misma para todas las personas. La perfección humana, el humanismo de la humanidad consiste en esa relación personal. No en vano nos amamos de frente: cara a cara, y en el amor celebramos lo que somos en pie de igualdad. Nos encontramos tú y yo, yo y tú: entre nosotros y con nosotros; es decir, cada quien consigo y a la vez con otro. Que no somos nadie y andamos perdidos si andamos solos por el mundo sin compañía. Por eso creó Dios al hombre a su imagen y semejanza como dice el Génesis, y lo creó varón y mujer. Que eso es el hombre cabal, entero, y cada quien una persona en relación con otra.
Tengo una sobrina nieta a la que hace uno o dos años, cuando tenía tres, me presentó su madre y , al preguntarle qué era, me respondió enseguida con su lengua de trapo y gran desparpajo: “Yo soy una pesona”
Todos somos personas. Lo que no quita  la diferencia entre personas o “pesonas” como diría y dijo mi sobrina, ni  elimina la igualdad en la dignidad. No obstante y precisamente por eso, me considero “feminista” como persona. No porque sea una mujer, sino para defender su causa: la igualdad, y salvar sus diferencias. En esa lucha, y mientras sea necesaria, comparto su estrategia y la comprendo: estoy con ellas. Y desprecio la manada de los machos, ¡qué horror! Hoy mismo -cuando esto escribo- leo en los periódicos que uno de ellos ha matado a una mujer con noventa puñaladas en la espalda porque no era suya; es decir, por ser una persona... ¡Basta ya! Me horroriza la violencia de los violadores asesinos, la brutalidad infame que les degrada y nos confunde: que pone en valor lo más bajo, y desprecia el coraje del corazón. Y sospecho incluso de la razón instrumental, de esa herramienta de los cabrones para hacer lo que les apetece sin considerar ni respetar la dignidad de otras personas. Sin comprender las razones del corazón que las tiene, por supuesto, y ellos no entienden porque no tienen corazón ni entrañas sino instinto sólo y más abajo.
Que un hombre se haga feminista no es afeminarse, es serlo en relación: considerando, respetando y aprendiendo de la otra mitad. No es pasarse a la acera de enfrente y menos al enemigo, es salvar la distancia salvando las diferencias: humanizarse cabalmente, compartir las diferencias como una gracia que nos ofrecen ellas. Y ofrecer las nuestras a la par. Es comportarse como personas, en pie de igualdad: con la mano tendida y el corazón abierto, cara a cara y mirando a los ojos, sin confundir el encuentro que enriquece y humaniza a las personas con la confusión que empobrece y suprime las diferencias.
La historia y la vida que llevamos los hombres nos ha hecho diestros - y a veces siniestros- en el manejo de las cosas y la producción de objetos. Saber hacer es lo que más sabemos y lo que hacemos es casi todo, hasta la guerra. O el amor que ya no es eso cuando se hace sino sexo. La razón instrumental es la herramienta que utilizamos, ya se trate de producir medios de vida o contra la vida. Las mujeres,en cambio, han desarrollado más -eso creo- el trato con las personas y el cuidado de la vida que nace y crece. Puede que el orden y la firmeza sea más visible en nosotros, y la solicitud y el cuidado en ellas. Sea lo que fuere, lo importante es salvar las diferencias y no hacer del feminismo una guerra masculina. Ni del machismo una violencia contra las mujeres porque se puede, aunque no se deba. Lo importante es vivir en relación y poner en común la gracia y la sal de la vida.Ser lo que somos para otros y con los otros, desvivirse por otras personas, o dejar de serlo para morir matando a los demás. Ser o no ser personas, ¡esa es la cuestión!
José Bada
29-11-2018